Campo Chico

Alberto Pérez de Vargas

Y te vienes y te vas

Gibraltar es una colonia militar habitada por una población de orígenes y desarraigos diversos

Vista del Peñón de Gibraltar desde uno de los parajes de la comarca. Vista del Peñón de Gibraltar desde uno de los parajes de la comarca.

Vista del Peñón de Gibraltar desde uno de los parajes de la comarca. / Ignacio P. de Vargas

La figura de Delegado (Especial) de Asuntos Exteriores en el Campo de Gibraltar, está rodeada de misterio, no se sabe qué es ni para qué sirve, y salvo en sus remotos orígenes, en el Plan de Desarrollo del tardofranquismo, cuando fue proyectada desde Información y Turismo con propósitos de promoción turística, jamás se ha sabido si ha servido para algo. A lo mejor es que al ser un "no ni na"; eso sí: especial; está teniendo una utilidad desconocida para el más de los mortales. Su precedente, pudiera ser entendido así, fue durante 237 años, nada menos que un consulado, en este caso no especial sino General de España en Gibraltar. Lo que es, cuanto menos, insólito, dado que, sensu stricto, el territorio ocupado lo fue fraudulentamente, pues se tomo por la fuerza en nombre del pretendiente a la corona de España, el Archiduque Carlos de Austria, en plena guerra de Sucesión. Mucho después, en el Gobierno Zapatero, el dislate alcanzó cotas sin precedentes ni consecuentes, con la creación de una sede del Instituto de Cervantes, ya felizmente clausurada. El territorio usurpado se ha ido extendiendo hasta invadir el istmo, aprovechando situaciones coyunturales; proceder habitual de piratas y británicos a lo largo de la Historia.

Tras la guerra civil española (1936-1939) y con la confesada intención de servir para aterrizajes de emergencia durante la segunda gran guerra mundial (1939-1945) (obsérvese la actitud del Gobierno de Franco hacia los aliados), se construyó un aeródromo militar que es el actual aeropuerto internacional de Gibraltar. Como quiera que no cumple las condiciones exigidas por la aviación civil, opera con la tolerancia que le permite el Gobierno español, que durante el segundo presidido por Felipe González, blanqueó su carácter militar por medio de un acuerdo firmado el día 2 de diciembre de 1987. Casi exactamente un lustro antes e inmediatamente después del espectacular triunfo electoral socialista de 1982, se había abierto la verja que llevaba cerrada desde el día 8 de junio de 1969. El ministro Fernando Morán dio así un balón de oxígeno a la exhausta economía gibraltareña, totalmente dependiente de una verja fluida y de una mano de obra barata y sin cargos ni servidumbres para sus arcas; la colonia cogió aire cuando, casi asfixiada por trece años de astenia, estaba el escenario a punto de abrirse a su recuperación por España.

Un magnífico trabajo de Luis Romero Bartumeus (Imagenta, Tarifa, 2011), cuenta la historia de ese pintoresco consulado al que me he referido. Precisamente fue el rey Felipe V –el protagonista de la Guerra de Sucesión– el que nombró al primer cónsul en 1716. No podemos detenernos en los detalles y factores que influyeron en el cierre, ordenado por el jefe del Estado, general Franco, en los últimos días de abril de 1954, pero el lector debiera acercarse a la obra citada para conocerlos. El paralelismo argumental de esa clausura con el cierre de la verja, de 1969, pone de manifiesto el tradicional chalaneo británico y facilita comprender las dificultades y logros de la diplomacia española cuando estaba dirigida por Fernando María Castiella y pilotada en las Naciones Unidas por el embajador Jaime de Piniés, que no sólo impidieron (con el cierre) el camino hacia la autodeterminación y posterior independencia de la colonia, sino que sentaron las bases de un Campo de Gibraltar liberado de los desequilibrios generados por el estatus fiscal y financiero de Gibraltar.

"Ya veremos si el delegado Sanz Aparicio trae también sacado el billete de vuelta"

La verja había sido construida por el Reino Unido (RU) –decían que para evitar el contrabando (¿?)− sesenta años antes del cierre, invadiendo terrenos no cedidos en el tratado de Utrecht. No hay documento alguno en el que haya, en todo caso, cesión de soberanía, ni de lo usurpado ni de lo ocupado en 1704 y posteriormente hasta 1945. Ignorancia, debilidad política y diplomática, y circunstancias de muy variado tenor nos han llevado a una situación en la que la recuperación de Gibraltar ya no parece ser una cuestión de Estado. Hoy, el principal partido de la izquierda española, prefiere un Gibraltar próspero que explote con carácter endémico la fuerza laboral que le suministra la ciudad de La Línea y aledaños. Intereses personales y de grupo, de todo tipo, que han ido arraigando en destacados miembros del PSOE, y la gran cantidad de dádivas y compra de voluntades y servicios desplegados por la geografía española, desarrollados por Convent Place, han determinado esta asombrosa actitud de protección al capitalismo más salvaje y de más dudoso troquel que pueda darse en Europa.

Gibraltar, repitámoslo una vez más, es una colonia militar habitada por una población de orígenes y desarraigos diversos, que sirve al RU como justificante de estancia (v. Breve descripción (…) de Gibraltar, A. Liberal, JM Ediciones, Vigo 2015). El Gobierno británico no tiene más interés por esa población que tuvo por la de Hong Kong; pero España no es China. Ni sería posible en China una actitud como la que mantiene la izquierda española hacia la colonia. Por distintas razones, tanto el RU como España se ven empujados a la permisividad; el RU dispone de una base militar de gran valor estratégico, que le cuesta muy poco mantener debido a la suficiencia de la economía gibraltareña, y España, con un foco de generación de empleo que complementa las oportunidades laborales de la comarca. Al RU no le importa la población de la colonia, como no le importó la hongkonesa, como nunca le importó nada de la población de sus colonias; los yanitos no son más que los surtidores de la tinta del calamar para ocultar sus verdaderos intereses en el territorio.

La Delegación (¿especial?); para la que acaba de ser nombrado el diplomático Juan José Sanz Aparicio, al que Dios guarde y dé una estancia feliz y provechosa; empezó a ser concebida a raíz de la situación creada por la actitud británica que culminaría con el cierre de 1969. Desempeñaba la función, dependiendo de Exteriores, un diplomático barcelonés del equipo del ministro Castiella, Gil Armangue Rius. Para promocionar la imagen de la comarca y tratar de equilibrar los malos efectos del cierre, el ministro Fraga hizo depender la Delegación de Información y Turismo y nombró al periodista catalán Fernando Segú i Martin (sic) (más tarde en la portavocía del Gobierno Suárez) para desempeñarla. En una estancia corta e intensa, Segú hizo una gran labor dentro y fuera de la comarca, ayudó a la creación de Sotogrande, La Alcaidesa y El Cuartón y propició la extensión de la marca (luego abandonada por dejación) de Costa del Sol, hasta Tarifa. Su sucesor fue, por poco tiempo, Victoriano Orbe, y después Esteban Bravo, que empezó ligado a Información y Turismo y continuó en Exteriores. Casó con una bella gibraltareña, de una relevante familia enraizada por vía materna en Gibraltar, y echó raíces en la Comarca. Hoy, ya jubilado, vive muy en yanito, entre Gibraltar y Sotogrande. Desde entonces y salvo el primer sucesor de Bravo, Julio Montesinos (2008-2017), los tres siguientes, uno de ellos hijo del ministro Morán, ni siquiera han deshecho la maleta. Ya veremos si Sanz Aparicio trae también sacado el billete de vuelta. Quizás él mismo podría hacer un estudio de costes, logros y beneficios del cargo. Tal vez nos quedaríamos pasmaos ante el balance, como se quedó Alfonso Guerra cuando lo de su "enmano".

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