Su propio afán

El trotecillo

Mientras haya personas que en los pasos de cebra amaguen un trotecillo habrá elegancia

El paso de cebra es un tema muy mío. Le he dedicado cuatro o cinco artículos. He contado que fue el primer chiste que entendí. Muy pequeño, de la mano de un amigo de mi abuelo, don Antonio Maurandi, pajarita, bigote y puro, olor a colonia o a coñac o ambos, me lancé a cruzar por un paso de cebra de la Gran Vía de Murcia, pero él me paró en seco y me dijo: "Bienaventurado los que creen en los pasos de cebra porque pronto verán a Dios". Fue una revelación. El chiste por otra parte tiene todo lo que me gusta: humor negro, vuelta de tuerca teologal y final feliz, en el peor de los casos.

Más tarde, el paso de cebra se convirtió en un contencioso como el de Gibraltar. Decían que en Inglaterra los respetaban como país más civilizado que era. Yo replicaba que aquello no era más que puro positivismo. Luego mi patriotismo cedió un poco cuando comprobé que en Sicilia se manejan maravillosamente mejor que nosotros. Allí no para ni el coche, ni la moto ni el peatón, sino que se coordinan para que todos sigan su camino sin rozarse milimétricamente a base de suaves frenazos y acelerones leves. Si esperas que se paren, les irritas (con razón).

En España sirven para detectar a la gente que se cree que un derecho (el de cruzar la calle con prioridad) le da otro derecho: el de desdeñar a quien ha frenado para dejarte el paso, como si lo cortés quitase lo valiente. Hay incluso quien aprovecha que el código de la circulación está de su lado para sosegarse muy soberanamente. "Anda despacio/ como una reina/ por su palacio", son los versos de José Luis Tejada que me da tiempo a recitarme en esas ocasiones. Hasta dos veces.

Con los versos de Tejada me basta para conjurar la irritación. En cambio, no tengo versos para celebrar como merece ese pequeño trotecillo que dan otros (que damos). A veces va acompañado también de un gesto de agradecimiento o no, ya no importa, porque el trotecillo es lo más galante que he visto en esas carreteras. Es como decir: "Que yo tenga derecho no quita por desgracia que usted tenga que esperarme. Ojalá pudiésemos cuadrar el círculo de cumplir con las normas de circulación sin que ninguno tuviese que ceder el paso al otro, pero no somos italianos. Así que en su honor hago este trotecillo como de doma vaquera". El trotecillo diría yo que no gana demasiado tiempo a la operación de cruzar la calle, pero le da una prestancia elegante y, además, juvenil y jocunda.

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