La torre y los otros

Presumo que nuestro rascacielos tiene calidad, aunque afee notablemente nuestro paisaje urbano

El reciente fallecimiento del arquitecto argentino César Pelli ha reabierto el debate ciudadano sobre la valía y, sobre todo, la necesidad, de la ahora llamada Torre Sevilla, pero que aquí todos conocen por el nombre de su creador. Sobre la calidad del proyecto y el prestigio de su arquitecto director poco tengo decir pues carezco de los conocimientos mínimos para ello. A mí no me gusta, y de su apariencia siniestra ya me explayé en otra ocasión, pero no quiero entrar en el debate técnico ni en descalificaciones personales sobre sus promotores fuera de lugar. Presumo, pues, que nuestro rascacielos tiene calidad, aunque afee notablemente nuestro paisaje urbano, y que el profesional argentino es muy bueno, aunque mejor se hubiera ido con su proyecto a otro sitio.

Más me interesa el debate sociológico que se ha venido derivando a partir de su ejecución sobre la mentalidad de la ciudad y sus habitantes al hilo de la (dificultad de) asimilación de la obra, que tan sutilmente sacan cada cierto tiempo sus valedores, segmentando a la población entre modernos ilustrados o carcas reaccionarios según se posicionen a favor o en contra. El lunes, sin ir más lejos, el alcalde Monteseirín escribía una tribuna aquí mismo incidiendo en esta cuestión. Para él, la torre surgió de una descampado para convertirse, literalmente, en "un emblema, un hito, un icono que tumbó, y tumba aún hoy día, muchos prejuicios". Pocas líneas más arriba, aludía con cierta jactancia a la secular resistencia de la ciudad a los cambios cuando recordaba la reserva de algunos consultados sobre el buen fin del proyecto: "No te van a dejar. ¿Quiénes? Los otros".

No sé si mi conformidad agradecida con la peatonalización de la Avenida o mi condición de usuario del tranvía puede llevar a don Alfredo a sacarme de esa antipática lista de "los otros", aunque si para alzar la voz contra la desnaturalización del casco histórico o el sobrecoste escandaloso de las setas hay que seguir en la lista, mejor quedarme en ella. Cada uno tiene su opinión sobre la torre, pero a mí me sigue pareciendo cada vez que la veo como un gigante de hierro asustando a Triana, tan ostentosa como innecesaria. Mucho me temo que no podré incorporarme a esa otra lista sugerida de ciudadanos cultos, modernos y viajados. Los mismos que, por cierto, llevan años dando la lata para poner un museo de la Semana Santa.

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