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La timidez y eso

Los millonarios, como su propio nombre indica, siempre pueden rehacer su vida en otra franja del mapa

Por lo que vamos sabiendo por la prensa, el Gobierno prepara ya un impuesto para las grandes fortunas; impuesto que sustituiría al de Patrimonio por una tasa variable, según el grado de acaudalamiento del tributario. Es de suponer que, dado el modesto número de plutócratas que medran en cualquier país, dicha tasa no tendrá mucha repercusión en nuestras arcas. Lo cual revela que nos hallamos ante un gesto político del actual Gobierno, sobre cuya eficacia y oportunidad conviene preguntarse. Y ello por una cuestión que se nos viene a la memoria por más de un concepto. Según Maynard Keynes, "no hay nada más tímido que un millón de dólares", cualidad que se debe a la naturaleza fluctuante y como ingrávida del capital, y que el Consejo de Ministros acaso no haya tenido muy en cuenta.

Por otra parte, fue el propio Keynes quien advirtió de la asfixia económica alemana, tras el Tratado de Versalles, que consideraba contrario a la recuperación de Europa. Según Keynes, acabada la Grand Guerre, no se trataba de compensar agravios entre combatientes, sino de promover algo que trascendía a los bloques y concernía a la propia supervivencia del continente. Por similares motivos, no parece que sea el mejor momento de exprimir a nuestras grandes fortunas. Ni por una cuestión de mera oportunidad política, ni por un sencillo gesto de gratitud y justicia. Una parte importante de la tranquilidad social habida durante el confinamiento la debemos, no a la diligencia de las administraciones, sino al abastecimiento y los medios de grandes empresas españolas, que dispensaron cuanto necesitábamos en condiciones poco favorables. Esto incluye, naturalmente, a un formidable ejército de trabajadores, que han tolerado nuestro nerviosismo con generosidad y arrojo. Pero incluye, en iguales términos, a quienes han dispuesto sus muchos recursos en beneficio de su país.

Ignoramos, pues, si el proyecto del Gobierno alentaría la proverbial timidez del gran dinero. Pero debe recordarse que, incluso un acendrado patriota como Pujol, descubrió su dulce patria en un banco andorrano. De modo que tal vez sea más conveniente reconstruir lo destruido, con el necesario concurso de nuestros capitalistas, como sugería Keynes, y dejar la persecución de millonarios para mejor ocasión. Los millonarios, como su propio nombre indica, siempre pueden rehacer su vida en otra franja del mapa. Pero el resto nos hallamos a expensas del azar, de la meteorología y, a decir verdad, de lo que quiera el Gobierno.

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