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Una tensión necesaria

Pretender que cualquier ley contra la que te rebelas deje de ser normativa aboca a un revolucionarismo de salón

Un común denominador de muchas noticias y opiniones últimas es la crítica al Código Penal, en concreto, y el deseo de que numerosas leyes no se apliquen o se haga de forma alternativa y de que, en cambio, se condenen otras actividades sin que ninguna norma previa lo exija. La reacción contra la sentencia que condena a Cassandra Vera por sus tuits del odio o, al revés, la presión para que el autobús de Hazte Oír se retire de la circulación, aunque ninguna norma avala tal medida, son ejemplos muy claros. O muy sucios: se pretende que las togas se manchen del barro del camino.

Tratar de arrimar el Código a la sardina ideológica es una tentación natural. Yo la siento como el que más, desde el punto y hora en que hay leyes que me parecen injustas, tontas, discriminatorias o criminales (véase el aborto). Pero el modo de cambiarlas no es imponiendo que no se apliquen o que los jueces miren hacia otro lado. Hay que discutirlas y desafiarlas como leyes que son, y encarar una tensión imprescindible, asumiendo que su peso caerá sobre las espaldas de los infractores u objetores. Es lo que han hecho los activistas honrados toda la historia. Pretender que cualquier ley contra la que te rebelas deje de ser imperativa aboca a un revolucionarismo de salón, todo posturitas y camisetas.

Exigir que los jueces se hagan los tontos y que la Policía mire a otro lado y que los infractores se vayan de rositas por la misma cara es dinamitar por la base el Estado de Derecho, el imperio de la ley y la división de poderes. El poder legislativo corresponde al parlamento y no a los jueces ni, peor aún, a la opinión pública presionando al poder judicial y al ejecutivo.

Claro que el legislativo va mucho más despacio que las deflagraciones continuas de las redes sociales, pero, si se piensa, es una ventaja. Chesterton decía que la Iglesia católica, al no ir con su tiempo, como pretenden tantos, aun dentro de la Iglesia, ofrece la oportunidad de librarse de la dictadura de los valores dominantes de moda. La tesis puede aplicarse al Código Penal. Si se lo sincroniza con las demandas de la voz voluble de la calle, terminaremos en la ley de Lynch. La parsimonia legal permite la reflexión, la ponderación de las opiniones minoritarias, la previsión de las consecuencias y, sobre todo, el enfriamiento de las fiebres populistas. Someter las leyes a la ley del capricho es el primer paso hacia la tiranía.

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