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El tatuaje digital

Nos parece inofensiva esta moda de poner en la red dónde estamos y qué estamos haciendo en cada momento

Desde la más remota antigüedad, el ser humano ha practicado el arte de tatuarse la piel, con símbolos religiosos o puramente laicos. La causa pudiera ser el hecho de diferenciarse de sus semejantes, más allá de los rasgos físicos o el lucir más hermoso que los demás, por sentirse componente de un grupo o por vaya usted a saber qué gustito produce inyectarse tinta en la piel. He visto escrita la opinión de un psicólogo que sostiene que el tatuaje es un indicio de tendencia al suicidio. Un poco drástico me parece. En mi infancia, solo llevaban tatuajes los presos, los legionarios y los marineros muy navegados. Iban desde la humilde ancla en el antebrazo, hasta mi favorito, el corazón sangrante en gotas, hendido por un puñal y la curiosa leyenda "Amor de Madre". Comparado con la variedad de tatuajes actual, aquella podía considerarse la edad de piedra. Revisado y puesto de moda por futbolistas y estrellas del rock, si hoy te sientas en la playa a observar, lo raro es encontrar a alguien con su piel intacta. El repertorio gráfico, es inmenso. Hasta, se los juro que lo he visto en Tarifa, un Cristo de Medinaceli que le cubría la espalda entera a una chica que practicaba topless, en un curioso mestizaje entre el erotismo y la religiosidad popular.

En lo físico, uno puede elegir entre tatuarse o no, pero existe un tatuaje invisible que se hacen nuestros jóvenes, con la presencia muy temprana, se calcula entre los once y los doce años, de sus propias imágenes en las redes sociales. Lo comienzan los padres, subiendo cientos de fotos de lo guapos que son sus hijos, desde bebés y lo continúan ellos mismos, de manera que si alguna vez, en la edad adulta, les da por ser políticos u otra profesión pública, se podrá conocer de ellos, hasta el color de los azulejos de su cuarto de baño. Nada escapa a los buscadores expertos. Nos parece inofensiva esta moda de poner en la red, dónde estamos y qué estamos haciendo en cada momento, información de oro para desvalijarle, mientras usted sonríe a la cámara desde Tailandia, un suponer. De los pederastas, ni hablamos. A partir de los catorce años, cualquier joven es legalmente responsable de su propia imagen, pero antes, ese cometido corresponde a los padres. Dígale a sus hijos que subir una foto propia a una cuenta de Instagram, donde se tienen quinientos seguidores, es tan ridículo como hacer quinientas copias de la foto y salir a repartirlas por la calle. Seguro que lo entienden. Ese tatuaje además, es indeleble.

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