La esquina

La sirena vasca

MIENTRAS los ertzainas cumplen a rajatabla la orden del nuevo consejero de Interior de acabar con la infamia de carteles, pintadas, fotos y pancartas que exaltan a terroristas confesos ¡en los ayuntamientos!, el partido que la ha consentido parece querer adaptarse al ecosistema nacido con la llegada de Patxi López al poder.

En efecto, el PNV ha salido de la conmoción paralizante que le produjo la pérdida de su hegemonía en Euskadi y ha ofrecido al PSOE un acuerdo para garantizar la estabilidad institucional y presupuestaria en dicha comunidad autónoma. Con esta iniciativa los de Urkullu -Ibarretxe sólo es ya un mal recuerdo- tratan de sustituir la deslegitimación del nuevo gobierno vasco, practicada desde la noche que se recontaron los votos, por una imagen de partido constructivo, recuperar la centralidad política que siempre han tenido y meter cizaña en el pacto PSOE-PP. De paso, también buscan evitarse una moción de censura que les puede arrebatar el control de la Diputación de Álava.

En condiciones normales una propuesta de este tipo habría supuesto una tentación para los socialistas vascos, tentación reforzada por las encuestas que siguen expresando que los ciudadanos de allá preferirían una coalición PSOE-PNV antes que la actual entente PSOE-PP y por el efecto balsámico que la reversión de alianzas en Euskadi supondría para aliviar la precaria situación parlamentaria de Zapatero en Madrid. No son razones fútiles.

Pero las condiciones de la política vasca no son normales, sino excepcionales. Por vez primera en treinta años gobiernan en el País Vasco los que creen en la Constitución y el Estatuto, los familiares, amigos y compañeros de los asesinados por ETA, los desterrados durante años en su propia tierra. Y ello ha sido posible porque PSOE y PP, que rivalizan por la gobernación de España, fueron capaces de aparcar sus diferencias en aras de un bien superior: garantizar la libertad en Euskadi y convertir la lucha contra el terror en la prioridad inequívoca de sus gobernantes. Por eso suscribieron un pacto completamente excepcional y sin precedentes. Un pacto de higiene democrática y salud social.

La iniciativa peneuvista es, objetivamente, un canto de sirena para seducir a la parte más maleable de los que suscribieron esa alianza. Por fortuna el lehendakari López lo ha desoído: su gobierno está abierto a otras fuerzas políticas y a nuevos consensos, pero sin tocar un pelo al pacto PSOE-PP, que vale para toda la legislatura. Los que dudaban de que López honrase la palabra dada han empezado a desencantarse. Merece la pena respetarla.

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