Campo Chico

Alberto Pérez de Vargas

Un seis de agosto, en El Puerto

Para la Tauromaquia es esencial la socialización, por eso sufre ahora de inanición y abandono

La Real Plaza de El Puerto. La Real Plaza de El Puerto.

La Real Plaza de El Puerto. / Andrés Mora

Para los españoles, como para otros muchos seres humanos, lo vivido en estos días de riesgo y enfermedad, que ha traído uno de los muchos virus circulantes por el aire que respiramos, nos ha parecido, nos parece, algo irreal. Lo sentimos con la sensación de estar metidos en una de esas películas que hoy, mire Ud. por dónde, tienen un soporte de efectos especiales que nos parecen reales. Lo real y lo irreal se cruzan como si convivieran en la superficie de una sola cara y un solo borde, una cosa así como una banda de Möbius (véase); misteriosa en su simplicidad.

Los virus sobreviven sobre el contagio, de modo que el contacto y la sociabilidad son sus mejores soportes. En realidad no pueden vivir de otro modo porque no son seres vivos, buscan desesperadamente a estos para que los alberguen y les permitan así integrarse en su reino aprovechando los recursos que les proporciona el hospedaje. Terriblemente ingratos, no guardan el menor respeto por quien los acoge y el hostelero no tiene más alternativa que la defensa y el combate.

Para la Tauromaquia es esencial la socialización, por eso sufre ahora de inanición y abandono. Y por eso tiene tanta acogida en las tierras dadas a la relación interpersonal y al contacto. La Tauromaquia, enraizada en las culturas mediterráneas y llevada a las del Nuevo Mundo por los españoles, fortalece la sociabilidad natural del ser humano haciéndolo partícipe de sensaciones en las que la liturgia juega con los colores. En un escenario donde los actores hacen una puesta en escena emocionante y efímera, irrepetible.

Este año, que parecía mostrarse amable; por su simetría numérica, aunque fuera bisiesto; está siendo terrible, y sus secuelas alargarán y aumentarán sus pavorosos efectos. En lo que concierne a la Fiesta, estamos ante un panorama gris oscuro, aún a sabiendas de que la afición es tan fuerte que puede superar el golpe que le han dado por sus cuatro puntos cardinales; toreros y ganaderos, empresarios y empleados de cosos y campos, están siendo atacados en sus más elementales medios de supervivencia.

El día 16 de mayo de cada año, en “Las Ventas”, se guarda un minuto de silencio por los toreros muertos

La histórica corrida de El Puerto, del seis de agosto, ha sido un canto a la esperanza, algo así como el "yes we can" del presidente Obama. Se puede, sí se puede. Al cincuenta por ciento de su aforo, de alrededor de 12.000 localidades, unas setecientas más que Sevilla y unas mil más que Algeciras, "Lances de Futuro", la empresa del sevillano José María Garzón, que llevó a José Tomás a Algeciras en 2018, ha sido la encargada de organizar un evento taurino de extraordinaria trascendencia contando con la voluntad política del alcalde Germán Beardo (PP) y la decisiva intervención del concejal Álvaro Gonzalez. Todos ellos debieran disponer ya de un lugar prominente en la historia de esa Plaza, que desde 1880 ofrece su majestuosa grandeza a la mayor gloria de la Fiesta. Los maestros Ponce, Morante y Aguado, con toros de Juan Pedro Domecq, componían un cartel cuya hechura taurina es difícilmente mejorable.

Decía Joselito, y así consta en las galerías de la Plaza, que "quien no ha visto toros en El Puerto, no sabe lo que es un día de toros". Escribía Gonzalo L. Bienvenida −periodista taurino, nieto del gran Antonio Bienvenida− en El Mundo y en vísperas de la corrida de El Puerto, que dicen que Joselito pronunció esa frase en una tertulia, tenida en San Sebastián en 1916. ¡Vaya Ud. a saber!, estas frases llenas de oportunidad y de ingenio, se atribuyen, según sea el momento y la ocasión, a uno u a otro, pero eso es lo de menos, lo cierto es que recoge la grandiosidad de una plaza, adelantada ahora en la continuidad de la Fiesta. El Ayuntamiento de El Puerto ha hecho las cosas más que bien, tomando todo tipo de precauciones. La Empresa también, y ya el pasado 27 de julio no quedaban billetes. Un éxito esperanzador. Hace un siglo, la Fiesta sobrevivió a la mal llamada "gripe española", que también puso mascarillas a los espectadores y fue tanto o más virulenta que este mal que padecemos.

En esa gran plaza, que ahora debiera añadir un azulejo para recordar este evento y dejar constancia de lo sucedido, debutó con diecisiete años Joselito, en 1912. Y en ella hizo su primer paseíllo, cuatro años más tarde, como matador de toros, en un mano a mano con Juan Belmonte. La Plaza Real de El Puerto fue siempre para Joselito, un coso entrañable. Algo tendría que ver en ello su ascendencia materna: la señá Gabriela, su madre, era gaditana. Esos ciento cuarenta años de aquel cartel formado por El Gordito y Lagartijo con toros de Anastasio Martín y esos cien años de la tarde trágica de Talavera, un dieciséis de mayo, se han hecho cómplices en este acontecimiento de lo que tal vez sea, ¡ojalá que lo sea!, una ruptura con el miedo y la desesperanza. Ese día, el 16 de mayo de cada año, de todos los años, en la Monumental de Las Ventas, si hay toros, las cuadrillas se detienen ante la presidencia y se guarda un minuto de silencio; por Joselito y por todos los toreros que han muerto en una Plaza de Toros.

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