La esfera armilar

Una sede para el flamenco

Paco llegó una noche con Camarón, pero fue éste el que cogió la guitarra para acompañar al cantaor

Habrá ocasión de contar algunas cosas, anecdóticas o colaterales unas, importantes otras, de la historia de la Sociedad del Cante Grande. Pero en este espacio no es posible explayarse lo que demandaría la tarea. Se trata ahora de celebrar su traslado desde La Bajadilla al Centro Cívico de La Reconquista. Si bien es verdad que da un poco de pena. Los traslados, por lo que de adiós tienen, inducen un nimbo de tristeza en el ánimo. En este caso siento, por ejemplo, que la plazoleta que lleva el nombre del fundador, Antonio Rubio Díaz, se quede tan sola. Aunque me alegre infinito de que los contenedores de basura dejen de presidir el acceso a la sede de la Sociedad.

He observado la errónea referencia que alguna vez se ha hecho -eso sí, con la mejor intención- a la primera ubicación de la Sociedad, situándola en los aledaños del Teatro Florida. Eso fue después de pasar una buena y brillante temporada, un par de años quizás, en la cuesta de la calle Larga, más o menos en donde se reinstaló la Suit (debiera ser suite) de las Cortinas, cuando esta abandonó el viejo edificio de General Castaños. Esa etapa inicial, nada más comenzar la década de los setenta, fue intensa. No sé si hubo otra, pero tal vez fuera la única en toda su historia en que fuera visitada por Paco de Lucía. Se abrió en verano y el local, que penetraba en profundidad hacia un fondo más amplio, más allá del mostrador que se extendía a la entrada, reunía todas las condiciones para hacer pasar calor a los parroquianos, en ese ambiente húmedo tan propio de los meses estivales algecireños.

Paco llegó una noche con Camarón, pero fue éste el que cogió la guitarra para acompañar al cantaor. La Sociedad nació en la caseta "El Patio de los Camborios" (luego, simplemente, "Los Camborios"), una de las adelantadas en la eclosión de casetas que desde la aparición de "Loz der Pueblo" en 1969, ilustraron unas ferias irrepetibles. En un ambiente que hoy damos por desaparecido, Antonio Rubio, sus compadres, Juan Guerrero e Ignacio Pérez de Vargas, y Miguel Lozano Tello hicieron el papel de primerísimos cilindros de una iniciativa que nacía para quedarse. Una hazaña hecha ya historia, que nos ha llegado con toda la fuerza que supieron imprimirle sus pioneros. Y han recogido actualizándola, sus sucesores; sobre todo Pepe Vargas y su hijo Carlos, el actual presidente, que han consagrado su definitiva y destacada presencia en el mundo del flamenco.

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