En tránsito

Las risitas

Muchos varones aún estamos convencidos de que tenemos derecho a hacer estas cosas que humillan a las mujeres

Hay muchas cosas criticables en el feminismo más radical, sobre todo esa obsesión por culpar a los hombres blancos heterosexuales de todos los males del mundo (como si en el África negra o en Asia o en Oriente Medio las mujeres vivieran cien veces mejor que las mujeres de Occidente), pero también hay veces en que uno no puede sino compartir su rabia y su indignación. Es el caso, por ejemplo, de ese vídeo del tenista francés Maxime Hamou, que durante el torneo Roland Garros empezó a toquetear y a besuquear en directo a la periodista Maly Thomas, quien justamente intentaba hacerle una entrevista. Y lo peor del vídeo -con ser abominable- no es lo que hace el propio tenista que acosa a la periodista. No. Lo peor es la complicidad del chico que está al lado del tenista y que parece pasárselo pipa mientras el otro toquetea a la periodista. Y peor aún son las risitas satisfechas de los periodistas que están viendo el vídeo desde el estudio de televisión. En vez de mostrar su enfado con el tenista, todos parecen jalearlo con sus comentarios y sus risitas burlonas. Y eso que la mujer periodista está haciendo gestos enérgicos para zafarse del tenista sobón, de modo que está muy claro que la conducta del tenista no le hace ninguna gracia. Pero las risas siguen. Y el chico que está al lado del tenista sigue manteniendo su actitud de alegre complicidad con el simpático gamberro.

Porque eso es lo malo: para muchos de nosotros, los varones, lo que ha hecho el tenista con la periodista es simplemente una simpática travesura. No vemos que haya nada indignante en ese tipo baboso que besuquea a una mujer que hace esfuerzos desesperados para librarse de él. Y es normal que sea así: en cierta forma, estamos acostumbrados a creer que esa conducta es una cosa a la que todos tenemos derecho. Y si le molesta a la chica, que se aguante.

Éste es el problema. Muchos varones aún estamos convencidos de que tenemos derecho a hacer estas cosas que humillan a las mujeres. Y si no las hacemos nosotros mismos, pero las hace alguien que está cerca de donde estamos, nos reímos y las celebramos como si fueran cosas muy divertidas que nos permiten pasar un buen rato. Y a la chica, por supuesto, que le den morcilla. Muchos de nosotros seguimos siendo así. Y lo peor de todo es que nos hace gracia seguir siéndolo. Y nos reímos como idiotas. Eso mismo, sí, como idiotas.

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