Hojeando el periódico me encuentro un listado de las películas más taquilleras de 2019: "Vengadores: Endgame", "Joker", "Spider-man: Lejos de casa", "Capitana Marvel", "Star Wars: El ascenso de Skywalker" o "Cómo entrenar a tu dragón 3". A pesar de que me considero un buen aficionado al cine tengo que confesarles que no he visto (ni tengo interés en hacerlo) ninguna de ellas. Son películas de superhéroes, personajes con poderes extraordinarios que utilizan para salvar al mundo después de enfrentarse a los "malos", a los que inevitablemente vencerán no sin antes haberlas pasado canutas más de la mitad del metraje del film. Por lo general, compensan la bobería de sus guiones con la fastuosidad de sus efectos especiales. Por curiosidad busqué la lista de las películas más vistas hace 50 años (1969) y el resultado fue: "Dos hombres y un destino", "Easy Rider", "La leyenda de la ciudad sin nombre", "Midnight Cowboy" "Grupo salvaje" o "Danzad, danzad malditos". Fueron películas interesantes, entretenidas y algunas incluso rompedoras, de personajes complejos y a veces contradictorios cuyas historias nos seguían rondado por la cabeza mucho tiempo después de haber salido del cine. Al contrario que los films sobresalientes de esta temporada de los que, probablemente ya nadie se acordará el año que viene; aquellos otros que ya cumplieron el medio siglo se siguen viendo con el mismo placer que cuando se estrenaron. En la actualidad el llamado séptimo arte ha optado por buscar antes el entretenimiento que los valores artísticos que en su día lo parangonaron con las otras seis disciplinas que los griegos entendieron como "bellas artes". Películas controvertidas como: "2001: Una odisea del espacio", "Ciudadano Kane", "Lolita", "El séptimo sello" o "La parada de los monstruos" se antojan totalmente inadecuadas para el público moderno: unas porque no las entenderían y otras porque ofenderían su escrupulosa sensibilidad. Se prefiere un cine en que la gente vuela, corretea y reparte golpes sin ton ni son; un cine que armoniza a las mil maravillas con la "fast food" tan del gusto de los espectadores; un cine, en definitiva, de usar y tirar. Difícilmente, a estas películas infantiloides les ocurrirá como a cualquiera de las tres entregas de "El Padrino" o, por ejemplo, a "Cadena perpetua": cada vez que, incluso accidentalmente, nos encontramos con ellas en televisión, nos atrapan sin remedio, aunque ya conocemos al dedillo el trágico devenir de los Corleone o sabemos de antemano que "Andy" y "Red" se reunirán al final en la idílica playa de Zihuatanejo. Si las preferencias no cambian y se sigue apostando por las explosiones, los luchas y los disfraces, el cine volverá a sus inicios, esto es, a emular a los espectadores que en 1896 se asombraban al ver como desde la pantalla se les venía encima la locomotora de la película de los hermanos Lumière "La llegada del tren".

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