El guarán amarillo

¿Dónde están los pobres?

Lo que no se quiere ver no existe

El pobre consejero mira al suelo mientras se pregunta dónde están los pobres. No puede comprender que una ONG cristiana –poco sospechosa de interés político alguno– le hable de que a su alrededor viven millones de pobres. Hace muchísimo tiempo que él no ve a gente tullida y andrajosa mendigando por las calles del centro con una escudilla. Es más, está seguro de que la última vez que vio a alguien así fue en una serie distópica de la plataforma a la que está enganchado. Por más que busca en su cerebro, no recuerda haber visto ningún pobre en su elegante urbanización residencial de la periferia, ni en la calle donde se compra sus pantalones de 300 euros, ni en los restaurantes que frecuenta, ni en la clínica dental donde se puso unos implantes. Tampoco los ve en la cola de los taxis, ni en el club de golf, ni sentados en las terrazas de moda, ni en la vinoteca a la que acude los sábados para comprar un buen vino, ni en el teatro, ni comprando el periódico, ni en el partido de fútbol al que acudió el fin de semana pasado, ni en la piscina en la que nada cada mañana para aliviar tensiones. Creo que piensa que, en realidad, solo hay un pobre y que él ha tenido la mala suerte de que viva en el cajero automático de su banco.

Es lo malo que tienen los pobres, que hacen cosas muy distintas a las que hace la gente normal, que desarrollan su vida en sitios muy raros y que, en fin, se hacen muy difíciles de ver. Y lo que no se quiere ver no existe. En realidad, a algunos la gente pobre solo se le viene al pensamiento cuando se trata de protestar contra la inmigración o la cooperación al desarrollo, porque entonces, curiosamente, los pobres resucitan y salen de sus escondrijos para que se pueda decir: ¡cómo vamos a ayudar a los de fuera, si aquí también tenemos nuestros propios pobres! Me lo dijo una vez Vicente Ferrer en un breve encuentro: “la pobreza es la nada y por eso la gente no la ve”.

Tirando de un poco de culturilla freudiana de andar por casa, yo añadiría que nunca se ve lo que no se quiere ver y que la invisibilidad de lo que no gusta puede ser, de hecho, un gran alivio para las conciencias y una inmejorable coartada para la vida diaria. Este fenómeno de “mirar sin ver” me sorprende casi tanto como el proceso neurológico según el cual, cuando algunas personas ven a alguien sin hogar que duerme sobre el acerado, concluyen inmediatamente que algo habrá hecho –o dejado de hacer– para estar en esa situación. Es un ancestral axioma que convierte la riqueza y la pobreza en algo merecido, buscado y, por lo tanto, inevitable.

Pobre John Stuart Mill, convencido de que el ser humano llegaría a la felicidad a través de la libertad, la instrucción y el conocimiento. A la vista de los hechos, parece que a algunos lo que más les acerca a ella son, en cambio, la estulticia y el pensamiento incomplejo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios