Progresamos adecuadamente: ya nos vamos por el No pasarán y el Madrid será la tumba del fascismo. Pronto escucharemos lo de Ya hemos pasao e incluso lo de Rusia es culpable. Estamos despertando los peores instintos de un país que nunca los tuvo demasiado buenos. Terminaremos pagando una factura por esta ola de populismo barato que se levanta a derecha e izquierda y que se exacerba por la permanente tensión electoral que soporta el país. Lo que está pasando ahora en torno a las elecciones de Madrid, con sus discursos maximalistas que llaman a la fractura civil, o a la moción de censura en Murcia, con la compra descarada y a plena luz del día de voluntades, no es nuevo, pero sí supone un paso más en una deriva que se arrastra desde hace ya muchos años. Empezó en la crisis de 2008, con la ruptura del modelo bipartidista que había convertido a España en una democracia que no tenía nada que envidiar a las más avanzadas del mundo. La aparición de los dos nuevos partidos, Ciudadanos y Podemos, que ahora se debaten cada uno en una crisis de dimensión diferente, fue fruto de la frustración social que trajo la crisis y también de los propios errores que habían cometido antes populares y socialistas, que gastaron años y esfuerzos para destrozarse mutuamente sin ser conscientes del daño que le hacían a la democracia. El sistema se basa en la confianza de los ciudadanos hacia las instituciones. Y eso fue lo que se quebró.

Pero ni Podemos ni Ciudadanos trajeron aire limpio a la política ni ayudaron a recobrar esa confianza. El primero por su sectarismo propio de la política de hace un siglo y el segundo porque sólo ha sabido perpetrar desatinos. Por si nos faltaba algo, la aparición de Vox hace dos o tres años terminó en enrarecer el clima. El resultado lo tenemos hoy por delante: un panorama polarizado y radicalizado en el que es imposible escuchar voces razonables. El deterioro de la situación ha hecho que tengamos la peor generación de líderes de los últimos cuarenta años y que se actúe as golpe de tuit o de comparecencia televisiva.

Si este panorama ya sería alarmante para la salud democrática del país en una situación más o menos normal, en la actual crisis sanitaria, económica y social es todavía peor. Un día sí y otro también da la impresión de que no hay nadie en el puente de mando y que la nave se dirige sin rumbo hacia no se sabe dónde.

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