Los componentes de mi generación se acostumbraron pronto a la presencia de la muerte. Conviviendo con los testigos de la orgía funeraria que fue la guerra civil, nos dimos pronto cuenta de nuestra vulnerabilidad. Le debo a don Julio, mi profesor de Literatura en el bachillerato, mi entusiasmo por dos poetas, Jorge Manrique y Antonio Machado que me ayudaron a "ver el presente en el punto que se es ido y acabado", el uno, y a prepararme para marchar "desnudo,como los hijos de la mar", el otro. Petrarca sostenía aquello de que una buena muerte, honra toda una vida. Quizás por ello, siempre imaginé mi muerte como gloriosa, yendo al abordaje de una galera turca en Lepanto o en el fragor del combate, a bordo del San Juan Nepomuceno en Trafalgar. Pero ¡ay!, ya no quedan batallas como las de antes y ahora se vence a un enemigo invisible, procedente de una potencia extranjera, quedándote encerrado en casa. Si en esta guerra tienes ya una edad y pintan bastos para ti, disponte a entregar el pellejo, con pena y sin gloria. Cómo estará la cosa, que la semana pasada fue mi cumpleaños y tuve el triste pensamiento de que me quedaba un año menos, para que en un triaje de hospital, me negaran un respirador.

¿Quién nos iba a decir que la Semana Santa de este maldito año bisiesto, iba a ser sin procesiones, pero con una Pasión en vivo, con los españoles de protagonistas?. Con el manto de sombras del coronavirus cubriendo nuestra Jerusalén, pueden ustedes jugar a averiguar quiénes son los Sumos Sacerdotes, en esta representación. Hay un Pilatos, "este gobierno no tiene nada de que arrepentirse", lavándose las manos y unos centuriones con cara de circunstancia, dando número de muertos, a diario. Hasta hay un tipo que se encarga de la imagen del Sanedrín, mezclado en la multitud mediática, empoderando a Barrabás. Mientras, en su Gólgota particular de residencia u hospital de campaña, están nuestros abuelos muriendo en la cruz de la soledad. No tienen ni tan siquiera el consuelo que tuvo Jesús de Nazaret, de ver a su Madre y a otros seres queridos, al pie del Madero. Lo último que verán sus ojos es a un Cirineo con bata verde y mascarilla. Hay una cosa que el Sanedrín, no sabe. Cuando la guerra termine, no los vamos a olvidar por muchos conejos que saquen de la chistera, porque hemos aprendido a golpe de confinamiento y solidaridad que son nuestros muertos y seguirán clamando en nuestros oídos: ¿Porqué me has abandonado?. Hoy es Viernes Santo y es un día de aflicción, pero está próximo el luminoso Domingo de nuestra esperanza

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