El pasillo siniestro

Se trata de uno de los cuatro bestias que en enero de 1996 ahogaron la vida de Ortega Lara durante año y medio

En la foto, un hombre de apariencia anciana y encanecida recorre una calle del pueblo agarrado a una mujer joven mientras decenas de personas le hacen el pasillo, unos con banderas, otros con bengalas, pero todos contentos. Son gente común, jóvenes y mayores, incluso un par de ellos aplauden mientras en sus brazos sostienen a inocentes bebés ajenos a semejante jolgorio siniestro. Porque el homenajeado no es ningún ciclista retirado, ni un viejo maquis de la vieja guardia, ni siquiera un jugador veterano de pelota vasca. Se trata de uno de los cuatro bestias que en enero de 1996 ahogaron la vida de José Antonio Ortega Lara durante año medio, y que ahora ha recuperado la libertad (la deambulatoria, no la de conciencia) tras veintidós años en la cárcel.

Más que el hecho mismo de verlo en la calle cuando todavía no se nos ha quitado de la cabeza la expresión fantasmal de aquel desecho de hombre saliendo del agujero, indigna el recibimiento de sus vecinos, a medio camino entre el héroe de barrio y el hijo pródigo que vuelve de una guerra perdida, pero con todas las condecoraciones que el horror soporte. Es precisamente ese relato del chico descarriado (Arzallús dixit) que vuelve entre aplausos, ese reconocimiento a la cruel aportación a la patria más oscura, ese entender como lucha del pueblo lo que no es más que odio y sinrazón, lo que representa con patético realismo la imagen del otro día en el periódico. La triste realidad de ese otro paisaje después de la batalla es que sea éste, la creciente influencia abertxale en la sociedad vasca con sus dolorosas secuelas, el precio a pagar por el fin del terrorismo etarra.

Para los que desde una trasnochada inocencia todavía abogan por el relato buenista de una paz sin vencedores ni vencidos, no viene mal este espectáculo grotesco del liberado sin arrepentimiento recorriendo calles entre abuelitas con nietos jaleando. Podríamos entender en un momento dado la alegría de una madre recibiendo en la intimidad del hogar al hijo recuperado, de la esposa al padre recluido, o hasta a los amigos compartiendo una copa con el colega que siempre fue. Pero lo que nunca podremos hacer es reconocer en su perversa trayectoria de segador de vidas inocentes un rasgo de valentía o disculpa. Y el día en que eso pase, entonces a lo mejor los que estamos realmente enfermos somos precisamente nosotros.

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