Obituario

José Juan Yborra

A Luis A. del Castillo, en la torre del silencio

"Se fue labrando una continua admiración hacia ti y seguiste ejerciendo sin ser consciente de ello un continuo y feraz ejercicio de magisterio"

Luis Alberto del Castillo y José Juan Yborra, en 2015.

Luis Alberto del Castillo y José Juan Yborra, en 2015. / E. Fenoy

Fuiste mi profesor de Historia Antigua en la UNED, cuando comencé a cursar la licenciatura de Historia, recién obtenida mi plaza de Lengua y Literatura en el instituto “Mixto II” de Algeciras. Durante aquel curso fuiste capaz de aportar visiones que estaban lejos de los manuales al uso. Eran tiempos en los que las imágenes escaseaban y muchos teníamos que recurrir a la imaginación. Durante aquellas lluviosas tardes de invierno mostraste en tus clases una civilización con el color y la hondura de los verdaderos maestros. Las domus romanas y los palacios imperiales eran algo más que sintagmas al uso gracias a tu palabra abundante y a tu mirada certera por encima de aquellas apaisadas monturas de concha.

Con los años, fuiste compañero de claustro en el Instituto y durante ese tiempo seguí oyendo tu palabra abundante y tus consejos certeros. Se fue labrando una continua admiración hacia ti y seguiste ejerciendo sin ser consciente de ello un continuo y feraz ejercicio de magisterio. De ti aprendí conocimientos en aquellas largas jornadas de clase sin retorno; supe de colonias romanas, de derecho romano, de sellos romanos; de ti aprendí numismática y epigrafía, filatelia y jurisprudencia; supe de las monedas paduanas, con las que la imitación llegó a ser considerada objeto artístico y de ti aprendí el culto a los libros y a la creación literaria. De ti supe de una Octaviana que derramaba pasiones por Baelo; de torres de silencio y poesía y de textos, de muchos textos que compartimos. De ti aprendí a cuidar la retórica, a modular el acento y dar mayor sentido a la palabra escrita. De ti aprendí a sumergirme en la cultura de la zona y también a saber gestionarla. Contigo aprendí a organizar jornadas, cursos, seminarios y, sobre todo, de ti aprendí la honestidad y la bonhomía que siempre se desprendían de tus palabras y de tus acciones.

Nos hemos presentado mutuamente libros, nos los hemos prologado, hemos compartido editoriales. Hemos hablado mucho: en cafés y despachos; en claustros y congresos; en la intimidad acogedora de una casa desbordada de libros entre eternas tazas de café y sigilosas pisadas de Dante. Estos últimos tiempos, la calle ha sido nuestro fugaz lugar de encuentro. Del brazo de Pilar y con tu cazadora de paño azul , cubierto por la gorra de un marinero sin mar sobre una tierra que cada vez costaba más hollar, pero con la misma brillantez mental que siempre. Hasta el final hemos compartido sonrisas y palabras de ánimo y hasta el final he aprendido de tu ejemplar y elegante entereza.

Más allá del hijo del pastelero, del inquieto estudiante, del jurista inicial, del profesor brillante, del amigo de la familia, del director del IECG, del cronista de la ciudad tanta veces fundada, está el hombre que tanto sabía de heráldica e hizo de la dignidad su emblema.

Te has ido y no he podido despedirte como te mereces y como te debía, pero sé que leerás esto. Espero que no le pongas muchos reparos y apruebes el uso de los adjetivos. No he podido darte el último abrazo, ni estrechar tus hombros envueltos en paño azul. Siento que volvemos a los tiempos en los que nos queda solo la imaginación, aunque tenemos la suerte de que nos queden las monedas paduanas, las torres de silencio y los apasionados crepúsculos de Octaviana en la cercana Baelo.

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