José Aguilar

El nivel de la derrota

EN la política, como en el fútbol, puede pasar de todo. Pero casi siempre pasa lo más lógico. Si te llamas Getafe o Rácing y te enfrentas al Barça o al Madrid de hoy lo más lógico es que pierdas. Ahora bien, no es lo mismo perder por la mínima y jugar un partido digno que ser goleado y hacer el ridículo. Talmente como Rubalcaba. Sabe que será derrotado. De vez en cuando se le escapa una frase del tipo "lo que hará Rajoy" en lugar de "lo que haría Rajoy", sin concederse la más remota posibilidad de alterar lo que está escrito. Igual que Rajoy, al que también se le dispara la euforia cuando habla de "el Gobierno que yo presido" donde debería colocar el subjuntivo de la hipótesis. Volviendo a Rubalcaba y la derrota honrosa, no le es indiferente que Rajoy saque la mayoría-absoluta-con-la-gorra que pronostican las encuestas unánimes y reiteradas o que se quede en la mayoría relativa, urgido a pactar con los nacionalismos vasco o catalán y sus inequívocas pretensiones de derecho a decidir y pacto fiscal, respectivamente. Tampoco le deja precisamente frío la posibilidad de lograr más escaños o menos que Almunia en su debacle del 2000 (125, si no me equivoco). Lo primero le permitiría intentar hacerse con el liderazgo del PSOE, lo segundo sería de dimisión inmediata y congreso socialista de catarsis. En efecto, no da lo mismo una derrota grave, muy grave, apoteósica, histórica o apocalíptica. No es poco, pues, lo que está en juego en esta campaña.

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