Recientemente me sorprendió ver en la pantalla del ascensor del edificio público en el que trabajo, una referencia al filósofo y teólogo inglés del siglo XIV, Guillermo de Ockham. Ilustrada con una imagen del fraile franciscano perteneciente a un vitral de la iglesia de Surrey (población en la que se supone que nació), el texto le señalaba como un autor medieval que ideó la famosa navaja que lleva su nombre, una herramienta filosófica de breve enunciado: "Ante varias posibles explicaciones para un fenómeno o un hecho, la más simple suele ser la correcta" o, dicho en román paladino: "No expliques por más lo que pueda ser explicado por menos". A decir verdad, soy bastante escéptico respecto al interés que tal información pueda despertar entre los eventuales ocupantes del ascensor a los que supongo, si acaso, más atraídos por las andanzas de Rociíto o las procelosas intrigas del clan Pantoja. Sin embargo, qué bien nos vendría a los españoles aprovecharnos de las virtudes deductivas que encierra el principio de la navaja (no en vano, el personaje central de "El nombre de la rosa" de Umberto Eco es el "monje-detective" Guillermo de Baskerville un perfecto trasunto de Guillermo de Ockham). Estoy seguro de que, a pesar de su carácter metafísico, la navaja haría trizas, por ejemplo, el supuesto problema territorial de España con su multiplicidad de nacionalidades, su confrontación por las costumbres y esencias regionales o la imperiosa necesidad de diferenciarse -cuánto más mejor- de los vecinos de autonomía. Si reflexionamos un poco, entenderemos que la obsesión por ser, antes que españoles, andaluces, catalanes o vascos solo nos ha servido para "disfrutar" de un sistema político y administrativo cuyo coste es insoportable y su ineficacia manifiesta. Luego no son los ciudadanos los favorecidos por haber convertido España en un reino de taifas, son los políticos quienes utilizan tan hipertrofiada maquinaria burocrática para su propio beneficio y el buen acomodo de allegados y correligionarios. Es decir, la "navaja" nos sugiere que los políticos están a lo suyo y este entramado constitucional no es más que atrezo destinado a embaucar a los inocentes ciudadanos. Hace pocos días tuvo lugar la conmemoración del 1 de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores. Tradicionalmente se producen manifestaciones en las que las organizaciones sindicales reivindican mejoras sociales y laborales al gobierno de turno. Este año junto a los dirigentes de CC.OO. y UGT marcharon varios ministros del gobierno incluida la titular de la cartera de Trabajo. ¿Cómo puede ser que quienes gestionan el país se reclamen reformas a sí mismos? Aplicando el sentido común la respuesta es simple: Todo es postureo, ni los políticos ni los liberados sindicales tienen ningún interés en los ciudadanos que dicen representar y además ponen de manifiesto su pobreza intelectual al escenificar tan burdo paripé. La navaja de Ockham sirve para desmontar muchos artificios no por zafios menos eficaces, pero cuidado… Ockham acabó excomulgado.

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