La esfera armilar

Cuando el lobo llega

Los administradores públicos tardan mucho en prestar atención a las advertencias de los expertos

Debo confesar y confieso que me ha sorprendido gratamente el estado de las playas en Algeciras. No podía imaginarme que pudiera adecentarse la de El Rinconcillo hasta el punto de que un observador que no la hubiera visto este invierno, tuviera la impresión de que no ha pasado nada. Lamentablemente, el problema no está resuelto porque es estructural. Es una suerte poder contar con el Puerto y el declarado propósito de su presidente de tener en cuenta los intereses de los núcleos urbanos. Porque a la gran capacidad del Puerto se oponen las limitaciones de los ayuntamientos; siempre víctimas de quien se marcha sin responsabilidad alguna sobre sus actuaciones. Eso de que el dinero público no es de nadie es una convicción para muchas mentes poco brillantes. Ocurre con todo lo que pertenece a los bienes compartidos. Allá donde la educación ciudadana es mayor, donde la autoridad se ejerce y donde está claro lo que no se puede hacer y la responsabilidad que tiene el transgresor, las cosas son muy diferentes.

Las agresiones al medio ambiente las apunta la Naturaleza en su índice negro. Y la Naturaleza es muy vengativa. No diría yo que en Getares se haya tenido más cuidado, pero el hecho de ser más joven su incorporación al uso masivo y los inconvenientes para la especulación que supone el largo dominio militar de la zona, han sido providenciales. En El Rinconcillo, una playa superpoblada, se ha construido sin control, se han puesto obstáculos al viento y a sus efectos sobre las arenas y se ha tolerado todo lo que al sujeto de turno se le ha antojado. Sólo cabe una reestructuración del entramado urbano y la inserción de diques de contención, sobre todo perpendiculares a la línea de costa. En un paraje poco dado a la depuración de residuales, las aguas dejan mucho que desear.

Los administradores públicos, cuando lo hacen, tardan mucho en prestar atención a las advertencias de los expertos y de los críticos, y facilitan el agravamiento de situaciones sobre las que habrían podido tomar medidas preventivas eficaces. Es lo que ocurre con el efecto invernadero y sus graves consecuencias; es una evidencia científica no una especulación política. O con las epidemias, en las que hay que obstaculizar de inmediato la posibilidad de contagio. Pero la política se ha convertido en una confrontación de intereses de grupo, donde lo que importa es llevarse el gato al agua armado con un buen chaleco salvavidas.

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