Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

El imperio de la estupidez

Más que de grandes conspiraciones, oscuros intereses y maniobras diabólicas nuestras desgracias colectivas son casi siempre fruto de la estupidez humana, que es capaz de adquirir formas de lo más diverso. La estupidez está infravalorada como motor capaz de mover el mundo y hacemos mal porque su capacidad de influencia está demostrada en la Historia, así con mayúsculas, y se sigue percibiendo con claridad en las pequeñas historias de cada día. Olvídense de los conciliábulos del Club Beigbeder, de la masonería internacional o de los tejemanejes del Íbex. Las cosas suelen ser más fáciles y tiene que ver casi siempre con nuestras propias limitaciones. Lo traía el otro día a estas páginas el compañero Roberto Pareja en una cita luminosa del argentino Adolfo Bioy Casares sobre la estupidez. Se refería el compañero a un personaje como el ya ex presidente catalán Torra. Que alguien de las características personales y políticas de Torra logre estar varios años al frente de una región como Cataluña es la demostración axiomática de que la teoría de Bioy se cumple a rajatabla.

Pero el defenestrado presidente catalán no deja de ser una gota en un océano. Miren si no la fuerza dominante en la larga polémica sobre los últimos acontecimientos en Madrid, donde la pandemia se ha hecho fuerte como en ningún otro lugar del mundo civilizado. Tenemos elementos de sobra para asegurar que más allá de pulsos políticos de largo alcance para desalojar al PP del Gobierno de la comunidad o para desgastar al Gobierno de Sánchez, lo que ha determinado que la situación se haya puesto como se ha puesto es la dosis grande de estupidez que anida en la Puerta del Sol y la que lo hace en Moncloa. Eso puede ser así porque sale gratis. Todos los protagonistas de este curioso dislate están convencidos de que lo que han hecho con los ciudadanos de Madrid no les va a costar un voto y ni siquiera grandes reproches o manifestaciones en la calle. Es decir, dan por hecho que su propia estupidez se traslada de forma proporcional al conjunto de la ciudadanía. Y seguro que tiene elementos más que sobrados para pensar así. La estupidez humana como elemento desencadenante de situaciones que nos afectan está mucho más presente de lo que normalmente queremos admitir. Pero quizás la mayores de todas las que cometemos como colectividad sea permitir que todo esto pase.

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