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La hora del elector

Quizás convenga hacerse a la idea de que al elector le ha llegado la hora de asumir una responsabilidad aún mayor

La democracia también exige esfuerzos a los votantes. Tomar una decisión, en la jornada de ayer, supuso para muchos electores una difícil apuesta: la situación era compleja. Pero, además, esta angustia -la de tener que elegir entre distintas incertidumbres- no ha finalizado para los españoles. Porque las nuevas elecciones del próximo 26 de mayo no son menos decisivas para la vida cotidiana e inmediata de los que también somos europeos. Y no van a ser unas votaciones de esas, tipo suizo, en las que se elige cuál es la mejor acera para pasear el perro. Por el contrario, va a estar en juego si el sueño europeo se esfuma (hay muchos interesados en ello) o se mantiene estimulante y vivo. Por ello, las dificultades a la hora de elegir no van a ser menores. Quizás convenga, por tanto, hacerse a la idea de que ya, desde ahora en adelante, al elector le ha llegado la hora de asumir una responsabilidad aún mayor. Porque las opciones políticas están cada vez menos claras, se implican y retuercen, dado que las convicciones ideológicas en las que se apoyan los políticos elegibles son cada día más frágiles. Hay que recapacitar, pues, a conciencia, sobre el destino del voto que se deposita. Medir bien las garantías del uso posterior que pueda dársele.

Por eso, se comprende que angustie tener que elegir. Se percibe esa turbación en las caras de los votantes. Muchísimos no ven las listas con transparencia, pero no solo porque haya crecido el abanico de opciones. El elector se está viendo obligado a pensar y repensar, para aclararse a sí mismo, dónde deposita su voto, porque éste puede volar hacia un lado imprevisto. Pero esta es la nueva situación política existente. Y tras el esfuerzo de ayer, el elector español debe comprender que, ante Europa y su Parlamento, continua igualmente comprometido -incluso más- a votar para que el proyecto europeo salga de su marasmo (ese marasmo paralizador provocado por los mismos, populistas y nacionalistas, que también quieren distorsionar a España). La idea y el proyecto de igualdad, libertad y democracia de la comunidad europea está enraizado pero expuesto todavía a tristes vaivenes. Muchos embaucadores y falsos profetas lo asedian. Frente a ellos, ha llegado la hora del elector maduro y autosuficiente. Elegir supone angustiarse si se quiere votar con conocimiento y responsabilidad. Pero esa angustia, ese desasosiego es lo que anuncia que ha llegado la hora del buen elector: el que se repliega ante los escaparates y piensa. Esto último: pensar, es precisamente lo que ha caracterizado a la civilización europea.

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