La esfera armilar

El frente abierto de El Coral

La tristeza de la estación de ferrocarril no es nada comparada con la suciedad de la de autobuses

Los alcaldes y delegados del ramo que toque, según sea lo que sea, siempre acaban respondiendo algo así como "son muchos los frentes abiertos, amigo". Es la respuesta a cualquier observación relativa a algún quehacer sin hacer en la ciudad. No obstante, la naturaleza urbana requiere una atención permanente y nuestras autoridades civiles están para prestarla sin pausa y con prisa. Ante esa respuesta y a fuer de ser discreto, uno se va preguntando a sí mismo cuál de los frentes abiertos está por cerrarse. Porque frente, frente, lo que se dice frente no es poner farolillos o maceteros pesados o chirimbolos de esos que según la altura son "quiebraespinillas" o "capaciegos". He perdido la cuenta de las veces que me he referido al deplorable estado de la estación de autobuses de Algeciras: los servicios son un trasunto de las letrinas de la mili. No sólo yo, naturalmente, sino tantos como en la sociedad civil tienen la oportunidad de expresarse, algo han dicho sobre el particular. La tristeza que produce la estación de ferrocarril, su oscuridad y sus carencias no es nada comparada con la suciedad y abandono de la de autobuses.

En estos días, ahora, volvemos a la canzonetta del Patio del Coral, que en el concierto de los "muchos frentes abiertos" debe de haberse quedado en el pleistoceno. En Madrid, en el Parque del Retiro hay un monumento al ángel caído, o sea a Lucifer. De los cinco públicos dedicados al personaje, tres están en España, lo que no deja de tener su gracia. Ninguno en Andalucía; pues no faltaría más. Pere ¡hete ahí! que en Algeciras tenemos un monumento a la desidia: el mural de Barroso, en los aledaños del centro comercial "Bahía de Algeciras". A él me referí en un "campo chico" del 14 de noviembre de 2010: ¡hace casi once años! Y ya llevaba unos cuantos dando cuenta de las dejaciones de unos y de otros y de la mala educación imperante. Aproveché para referirme al estado del Patio del Coral y al deterioro de sus azulejos, y al del antiguo asilo. Pues todo sigue igual porque ¿saben?: hay muchos frentes abiertos. Es una pena que Paco de Lucía no estuviera nunca en el Patio del Coral, ni fuera al asilo a ver a los viejos, como hacían los de la Pastorada de la Peña Miguelín cada 24 de diciembre. Ni cogiera algún autobús en la estación del sector. Ni se sentara en los escalones del mural de Barroso. Si hubiera hecho alguna de estas cosas hoy estarían en su ruta y habrían tenido más suerte

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