Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

La ficción hecha certeza

Los nacionalistas son como los niños desgraciados cuando llegan a adultos: acaban creándose un pasado ficticio que, de tanto repetir, convierten en verdad; "mi verdad", que diría un flamenco rumbero. Así se escribe la historia, y lo mismo me vale un Wilfredo el Velloso, un Ricardo Corazón de León que un padre canalla convertido en una persona brillante y ejemplar... una vez que dejó paz y llevó gloria. Los replicantes de Blade Runner no sufrían ese proceso tan espinoso y melancólico, porque llevaban de fábrica implantes de memoria de una infancia que nunca fue. Una mentira menos subjetiva, bien mirado.

"He visto cosas que no creeríais", decía el replicante Roy Batty al final de la película de Ridley Scott (que, por cierto, a todo joven cercano a quien he pedido que la vea le ha parecido un pestiño: toma brecha generacional). Si el Nexus vio atacar naves en llamas más allá de Orión, yo he visto a gente que nunca conoció más que de lejos a una abuela presumir de haber sido su pequeño preferido, y a hermanos discutir sobre si esta o aquella gracia de la intrahistoria familiar tiene el copyright de uno u otro. Si Batty vio rayos C brillar cerca de la puerta de Tannhäuser, yo he visto afirmar sin rubor -ah, el bucle melancólico- que un hombre que se ocupó con denuedo de ser el más malaje se ha reconvertido para los anales en un tío que tuvo gran chispa, y hasta era un feriante. Todos esos momentos -nos conmovió, ya retirándose, el replicante- se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Pero de momento mueven a la perplejidad, y a cierta compasión.

Dulcificar o enaltecer con ficciones el propio pasado es algo común a quienes sufrieron la inestabilidad o la carencia de sus mayores y a quienes viven, enardeciendo la convivencia, de la idea de una patria oprimida; en el caso español, las dos patrias ricas que han medrado más en la olla común: Spain is different. Siempre hay causas subyacentes en estos procesos de reescritura de la historia. En el caso de individuos, soportar la levedad del propio ser. En el caso de patrias oprimidas, hay dos grandes corrientes profundas: el afán de poder y el maldito parné. También los complejos. La primera vez que lo escuché fue en un Iberia que me traía a casa desde Barcelona. Una mujer ya mayor venía a las fiestas de su pueblo. Hablaba crispada, y lo soltó más o menos así: "En Andalucía todo es fiesta y holgazanería; en Cataluña, trabajamos". "¿Por qué baja usted entonces, señora?". "Porque si no a mi marido le da algo, y por ver a mis hermanos".

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