En diversos lugares del mundo se presume de la existencia de fuentes que "garantizan" la eterna juventud a quienes beban el agua que mana de ellas. La más famosa se encuentra en el estado de Florida y está vinculada a la expedición del vallisoletano Ponce de León que a principios del XVI y en el trance de buscar ese mágico manantial "que tornaba mozos a los viejos" y del que le habían hablado los indios, descubrió la península de Florida un territorio que con el paso del tiempo se ha convertido, irónicamente, en el paraíso de los jubilados estadounidenses. De alguna manera, quinientos años después, las aspiraciones de eternidad del Adelantado de Florida se han hecho realidad ya que tan prodigiosa agua vivificante no es que mane de una particular y remota fuente, sino que parece estar omnipresente en la red de agua potable de cualquier población moderna. De hecho, nunca han sido los hombres tan longevos en edad a la vez que tan adolescentes en comportamiento. El culto a la juventud ha derivado en la exaltación de la inmadurez y la impulsividad frente a la reflexión y el sosiego. Ahora se desprecia lo que antaño se respetaba, esto es, la sabiduría y la experiencia de los mayores. La juventud se proclama como el valor supremo y dado que (por ahora) resulta imposible frenar el proceso de envejecimiento, la sociedad lo enmascara adoptando los usos y costumbres de los jóvenes tanto en su comportamiento como, lo que es más preocupante, en su manera de pensar. El resultado es que la vehemencia y los instintos dominan a la serenidad y la razón y la búsqueda de la satisfacción instantánea se opone a la consecución de objetivos a largo plazo. Como jóvenes (o niños) que somos, tendemos a desentendernos de deberes y obligaciones para solo preocuparnos de derechos y privilegios. La protesta y el pataleo son la respuesta habitual a las adversidades y el repudio a la cultura del mérito y el esfuerzo el atajo necesario para poner nuestro destino en manos de incompetentes líderes políticos sin escrúpulos que nos engatusan con discursos tan ampulosos como huecos que conectan fácilmente con un electorado envejecido en edad e infantilizado en mentalidad. Nuestros avispados dirigentes se esfuerzan en difuminar la responsabilidad individual para convertirnos en un rebaño al que solventarán todas sus necesidades a cambio de renunciar al pensamiento crítico y delegar en los gobernantes todas las decisiones. Es la promesa de una interminable infancia despreocupada y feliz. Desgraciadamente como los niños en que nos han convertido, vivimos con miedo, nos asustamos de lo que nos rodea y sentimos pánico ante noticias que, por definición, no son más que excepciones (crímenes, secuestros, violaciones…). Somos una sociedad cobarde que se amedrenta ante cualquier pelagatos que nos haga frente sin nada que perder (v. g. Afganistán). Nuestra fingida juventud arrastra tras sí un retrato tan inquietante como el de Dorian Gray.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios