Tierra de palabras

Lo que esperaba y lo que no

El domingo pasado, a muchos kilómetros de casa, al término del seminario que desde el viernes se estaba impartiendo para la formación de profesores de yoga y del que formo parte, este ya es mi tercer año, todos los asistentes, más de cuarenta, hicimos un círculo y el profesor nos preguntó qué nos llevábamos de todo el trabajo hecho durante el fin de semana. De entrada, me llevaba ganas de silencio así que no dije nada. Me llevaba un cuerpo cansado por muchas horas seguidas de práctica y la cabeza embotada por tantas enseñanzas. Me llevaba cansancio por los madrugones y por dormir en una cama que no era la mía y encima nada agraciada. Me llevaba un ramillete interno de emociones…

Pero todo esto lo pienso ahora porque cuando el profe formuló la pregunta, a mí lo que me nació fue pensar en lo que en casa me esperaba más que lo que me llevaba, quizá porque justo en ese momento de extrema sensibilidad tenía más peso. Y es que lo que me esperaba no era poca cosa: me esperaba una hija que vive su vida con toda la juventud en la boca y en el cuerpo y que me ofrece el amor más verdadero que jamás tuve; me esperaban sus abrazos. Me esperaba una casa justo hecha a mi medida, mis dos perras, una ya muy anciana con necesidad de mimos y atenciones; también una cama blanda, una chimenea con ganas de leña, un jardín hibernando, los pájaros. Me esperaba mi madre, que afortunadamente todavía puedo decir que me acompaña, sus colores, su saber estar, su lúcida inteligencia con esos años vividos, su dolor, su admiración y reconocimiento por todo lo que hago. Cuando alguien habla de su madre ausente, y más a edad temprana, veo cómo asoma en su mirada la irreparable tristeza del vacío. Así que, que ella me esperara es un regalo. Me esperaban mis hermanos y amigos a los que amo y me aman. Me esperaba un trabajo apasionante, que me hace día a día ser mejor persona porque me ayuda a conocerme. Me esperaba el derecho a votar que ejercí nada más soltar la maleta y encender la chimenea para que la casa adquiriese la temperatura de hogar que tanto necesitaba… Lo que no me esperaba fue que cuando más a gusto estaba enrollada en mi manta, calentita, descansando el cuerpo y esperando los resultados, saliesen esos preocupantes doce escaños de la nada.

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