Aún hoy día, el monumento más visitado de Roma sigue siendo el Coliseo (originalmente Anfiteatro Flavio) construido en el siglo I. La obra se inicio bajo el mandato de Tito y la culminaron en tan solo una década sus dos hijos que también fueron emperadores: Tito y Domiciano. Tenía un aforo asombroso para la época: 65.000 personas y se inauguró con cien días consecutivos de fiestas y combates. Tan apabullante manifestación de la pericia constructiva de los romanos solo servía a un fin: entretener al pueblo a través del sangriento espectáculo que se desarrollaba en la arena del anfiteatro. La vida de centenares de gladiadores, esclavos y fieras junto a la distribución gratuita de trigo decretada por el emperador se utilizaban para apartar las mentes y energías de la plebe de asuntos políticos más trascendentales. Juvenal bautizó a ese tipo de acción política como "pan y circo" y con muy pocas variaciones esa manipulación de masas es la misma que, veinte siglos después, siguen utilizando los gobiernos para amansar a sus parroquianos. La hinchada que jaleaba a los gladiadores en sus contiendas ya fuese contra hombres o bestias exóticas y que en última instancia decidían con la posición de su pulgar el destino de los caídos, compartían asiento con las facciones que con banderas y cánticos animaban a sus aurigas en las carreras y ambos grupos tienen su exacto correlato moderno en las aficiones que llenan los estadios de fútbol o las plazas de toros. Es lo que se conoce como "entretenimiento", un vocablo de raíz latina que en origen hacía referencia a la "acción financiera de desviar bienes ajenos en beneficio propio", para después aumentar su campo semántico a "toda maniobra destinada a desviar la atención" y terminar aludiendo a "toda forma de apartar del recto camino a través del ocio y el placer". Hoy, la prensa del corazón, la televisión basura o el fútbol cumplen con sobrada eficacia la misión de mantener anestesiada a la población, evitando que reflexione sobre asuntos acaso más perentorios que, por ejemplo, el hecho de que Messi se vaya o se quede en el Barsa. Buena prueba de la importancia que los gobernantes le conceden al ocio colectivo como vía de escape de las preocupaciones del pueblo la tenemos con la pandemia del coronavirus. Mientras que el sistema sanitario o el educativo se tambalean por la falta de previsión a la hora de hacer frente a los desafíos planteados por el virus, algo que en el fondo no es más que un pasatiempo como el fútbol está perfectamente adaptado a las adversas circunstancias que nos rodean. Mientras los futbolistas y sus allegados están sometidos a un exhaustivo programa de test para detectar un posible contagio, el personal sanitario que convive a diario con el virus se las ve y se las desea para que, de vez en cuando, se evalúe su exposición al mismo. Podemos pasar sin médicos, sin escuela, pero por dios… jamás sin fútbol.

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