Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

El dios turista, mientras dure

Barcelona y Madrid abordan la decadencia urbana y la molestia del ciudadano estable

En Wall Street o en el Serengueti, el incentivo mueve los comportamientos, o, al contrario, la amenaza los disuade: la zanahoria y el palo, el premio y el castigo. La política y el ejercicio de su poder, también la educación, suelen ser de mayor calidad cuanto más utilicen el incentivo y menos la prohibición: entre la creencia en el buen salvaje de Rousseau o la contraria -el hombre hobbesiano que es un lobo para el hombre- está la gama de grises de la sensatez y el posibilismo, cualidades que se deben exigir al gobernante decente.

Con los apartamentos turísticos se da una tensión creciente e imparable entre quien acude al incentivo por poner cualquier piso "en valor" (puedes ganar 400 euros en cinco días, unas 50 veces al año -echen cuentas- y sin inquilinos permanentes) y la incomodidad y posible pérdida patrimonial de quien habita establemente en un condominio o comunidad. Sucede con los que se ofrecen y alquilan con Airbnb, que se van expandiendo desde el epicentro del casco antiguo a las periferias de nuestras ciudades de la mano de la turistización (el exceso de visitantes), la gentrificación (el desplazamiento del empadronado en sus barrios para dar cobijo a los turistas y los inversores en pisos turísticos, vaciando la ciudad y convirtiéndola, a la postre, en un sitio poco atractivo para los turistas con algo de criterio) y la turismofobia (el rechazo hacia el turista por parte del indígena que no pilla cacho en la economía que aquél genera). Un juego de intereses lícitos y sentimientos bastante opuestos con los que las ciudades deben lidiar.

Si tu vecino saca partido cuantioso del turista, el incentivo es hacia la turistización de los barrios: a una renta la mar de buena y poco comprometida -salvo lo que te compromete con los vecinos fijos- no le hace ascos nadie. Barcelona, Praga, Londres o Madrid, pero también decenas de municipios andaluces conocen bien este fenómeno que afecta a la gente y a las urbes de manera especialmente sensible: en sus hogares y en su decadencia al grito de Todo por el turista. Barcelona, una adelantada en estos asuntos, va a proteger los alquileres estables, en precio y plazo, para evitar la expulsión y malestar de los vecinos. Si un comunero gana dinero -legalmente, que ahí está la clave- mientras que tú lo pierdes en valor de tu inmueble por mor su ganancia, el incentivo está claro: montemos todos apartamentos turísticos y movámonos a otros barrios, los de los nativos. Va a ser verdad que todos vamos a acabar viviendo del turismo: no habrá otra cosa… hasta que se pinche su burbuja.

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