EUROPA SUR En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Tomo prestado el título que encabeza de un libro que, hace unos años, escribiera Ana Ribera sobre la depresión. En realidad, el tiempo circular que nos ha tocado vivir se parece bastante al paréntesis horrendo que esta lacerante enfermedad impone en tu cabeza y en tu alma. Uno, que penó en el infierno de las horas vacías, recuerda el paso inacabable de sus eternos minutos, la sensación de encontrarse en un laberinto sin sentido ni salida. De ahí terminas escapando -quien la derrotó lo sabe- más fuerte y más sensato.

De eso, de cómo atravesar sin gran daño el desierto de la inmovilidad, física o psicológica, es de lo que quiero hablarles hoy. De entrada, todos contamos con una herramienta excepcional: podemos y debemos pensar. Nuestra mente es capaz de racionalizar lo que nos ocurre, de potenciar lo que nos ayuda y apartar lo que nos hiere. No es época, por ejemplo, para enmarañarse en el espinar de lo que fue y ya no será. Tampoco de obsesionarse en la incertidumbre de un futuro que no pasa de hipotético humo. Intentemos, pues, como condición para preservar la cordura, vivir apasionadamente el ahora. Hay felicidad en el afán de lo cotidiano, hay un punto de alegría en la conciencia de que, para ti y para los demás, continúas siendo. Agarrarse a ella deja inerme, o casi, el revolotear amenazante de los pájaros negros.

Partiendo de tal gracia recibida -estoy aquí, permanezco aquí- conviene de inmediato hallar un para qué. No, desde luego, para lamentar tu infausta suerte, sino para ayudar a aquellos con los que convives. Estar atento a sus necesidades, prestar tus manos cuando las suyas flaqueen, no añadir dolor al dolor ajeno, es tarea capital que impulsa tu actuar, diferencia las ocasiones y aligera el peso de la pausa.

Queda, claro, el comprender que los días iguales lo son para que muchos alcancen la orilla de los días diferentes. No me parece mal precio si con ello le robamos muerte a la muerte. Esta solidaridad salvífica destroza el mito de la identidad: a ti, combatiente en esta guerra de enemigos invisibles, te corresponde transformar cada segundo tuyo en un acto de lucha colectiva. Asómate, mira y entiende: la victoria, que con toda seguridad lograremos, también te pertenecerá. Estos instantes que acaso aún sientes malbaratados e inútiles, porque acertaste a transmutar el no hacer en un hacer, se convertirán mañana en un hito de heroísmo cívico, de generoso auxilio y de común gloria.

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