El balcón

El clamor de Juan Carlos I

El rey tiene más obligaciones que el resto de los ciudadanos, entre otras la de dar ejemplo

Asu edad y circunstancias Juan Carlos I estará pensando no sólo en volver a casa por Navidad, sino en librarse de acabar su vida como la empezó, en el exilio. Ha rebasado la media de su generación; el 5 de enero cumple 83. No pisó suelo español hasta los diez años y quizá lo que desee es terminar los días cerca de su familia y amigos. También junto a sus seguidores, que fueron muchos, aunque mengüen a medida que conocen sus desatinos. Había un clamor a su favor, que se ha trocado en un toque de difuntos.

La ruina de su prestigio se debe al síndrome del que Felipe González advirtió a su partido en los 80: se podía morir de éxito. La autoridad del Rey que lideró la transición de la dictadura a la democracia lo ha arruinado él solo, pero tras el triunfo de su misión histórica las gracias se las hemos reído todos.

Donaldtella Ayuso, la sin par presidenta de Madrid, ha dicho con el énfasis propio de su estilo trumpantojo, que Juan Carlos I tenía más derechos que el resto de los ciudadanos por sus méritos acreditados. El presidente Sánchez ha apostillado que tiene las mismas obligaciones. Con todos los respetos, difiero de ambos: el rey tiene más obligaciones que el resto de los ciudadanos, entre otras la de dar ejemplo. A un embajador en la India lo fulminaron porque cobraba por los informes que proporcionaba a empresarios españoles. El rey asume la representación del Estado en las relaciones internacionales; va con el cargo y está incluida en el sueldo. Ni puede cobrar por ese servicio ni puede eludir a Hacienda.

Juan Carlos I ha sido un rey castizo hasta en el epílogo. En esta última fase emulando a Lola Flores, Messi o Cristiano Ronaldo. Se ha comportado como una estrella que evita al fisco y arregla el engaño para evitar la prisión. Siempre habría hinchas que irían a la puerta del juzgado a pedir autógrafos. ¿Una república evitaría estos desmanes? Los diamantes regalados por Bokassa a Giscard d'Estaing demuestran lo contrario. ¿Una república catalana habría impedido el 3% de Convergencia y la cleptocracia pujolista? Seguramente habría agravado el dolo.

En España probablemente hay pocos monárquicos o republicanos. Más bien hay grupos de hinchas de una y de otra: monarquistas y republicanistas, que hacen honor a su condición de partidarios entusiastas de una causa y se distinguen por el odio a la contraria. Mientras, el común de los españoles pide al futuro progreso, bienestar y libertades. Y Juan Carlos sólo quiere no salir feo en la última foto de su historia.

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