Siendo estudiantes de bachillerato, don Francisco Bravo nos explicaba con profesoral terno gris y cultivado acento la filosofía de los presocráticos. Aún viene a la memoria cómo Heráclito consideraba el cambio como la constante que definía al mundo: no podíamos bañarnos dos veces en la misma agua, porque ni esta ni nosotros somos los mismos con el paso del tiempo.

Entonces aún nos bañábamos en la playa de los Ladrillos, aunque acudir hasta el final de un paseo Marítimo donde se paseaba y se veía romper el mar era un ejercicio poco frecuentado. Rotabel era un hito que se dejaba atrás según las compañías. Los Peñotes eran lugar de descubiertas donde se abandonaban territorios protegidos de la infancia y cuando fueron colmatados se erigió una pequeña colina bautizada con televisivos topónimos a la que acudíamos en busca de furtivos roces y soñados besos que desafiaban los puritanos principios y los asiduos levantes. Con los años, al artificial monte lo rodearon de un amplio espacio cubierto de zahorra que, bien por el color, o por guiños de la historia, fue bautizado como el Llano Amarillo. Acabó siendo un lugar de medidas desmedidas que apartó el mar de la costa, alejó los barcos y dibujó un horizonte de falso albero que se llenaba de vehículos de extranjeras matrículas con cada paso del estrecho hasta que fue ocupado por campos de deporte, piragüistas, caminantes y nuevos jóvenes pertrechados de litronas que han desafiado los asiduos levantes en busca de nuevos contactos antes de que la pandemia acabara con los roces masivos.

En estos días hay movimiento en el cambiante territorio del Llano. Ambiciosas intenciones contemplan la erección de varios edificios destinados a centros de investigación marítima y dependencias universitarias en convivencia con museos portuarios, centros de interpretaciones y de innovación logística que el Puerto pretende levantar. El lugar de colorido topónimo se está convirtiendo en referente de nuevos proyectos ciudadanos: se proponen nuevas instalaciones jurídicas en la antigua sede de la Brigada del Estrecho y desde el Consistorio se aboga por un plan ecológico en el polígono delimitado por las murallas Medievales, capitán Ontañón, el Centro Comercial y el único tramo de paseo Marítimo que se ilumina cada Navidad. Mientras el tradicional centro histórico ve cerrar comercios y despoblarse sus calles, el actual parece desplazarse hacia el solitario y ventoso camino que llevaba al cementerio, ahora antesala de nuevos trazados, de lagos marítimos y parques humedales sobre una costa continuamente maltratada. El cambio define al mundo y sabemos bien que no podemos bañarnos dos veces en la misma agua; la cuestión es discernir si con los nuevos tiempos el mar cercano será un mero artificio arquitectónico o podrá envolvernos para comprobar que ni él ni nosotros somos los mismos.

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