La chica del casco amarillo

Hay una mujer en mi vida, a la que siempre he visto vestida con el mismo color. Se trata de Isabel, mi Cartero favorita. El barrio en el que vivo, está compuesto en su mayoría por viviendas unifamiliares, por lo que no tiene mucho tráfico. Quizás por ello se nota más la presencia de Isabel a caballo de su moto, también amarilla, haciendo la ruta de entrega, por el barrio. Es una mujer guapa y menuda, con una mirada inteligente, tras sus gafas metálicas, voz quebrada como una cantante de blues, rápida de reflejos, muy activa y siempre amable con los vecinos. Honra a su vieja profesión, conociendo a la perfección el callejero asignado, los nombre de las diferentes personas que pueden habitar en un mismo domicilio, persistiendo en el esfuerzo de entregar las cartas aunque traigan la dirección equivocada y tratando siempre de cumplir su obligación laboral con una sonrisa en los labios. Como los dos somos moteros, aunque yo uso la moto por diversión y ella como herramienta de trabajo, empezamos a saludarnos, cuando nos cruzábamos. Está pendiente, cuando voy a recibir algún envío importante y hasta sabe dulcificar el odioso momento cuando en aras de la tradicional voracidad recaudatoria de la administración, recibo una multa de tráfico. Mientras firmo cabreado el recibí, Isabel me consuela diciendo que últimamente se están repartiendo muchas y cosas así.

Aunque la esencia de su trabajo es la misma, todo lo demás ha cambiado vertiginosamente en los últimos años para el honorable gremio de los Carteros. Ya no arrastran aquel inmenso carterón de cuero que a veces los libraba de los mordiscos de algún perro agresivo, porque las misivas van en un cofre de moto o un carrito. También se han mecanizado las labores de clasificación y distribución. Aunque por la informatización ha disminuido el uso de la correspondencia escrita, a tal punto que los sellos de correo ya no son más que filatelia, a la vez ha aumentado la venta de pequeños objetos por internet. A los Carteros le pasa como a la Infantería que por muchos avances que se logren, al final hay que patear el terreno, con frío o calor, puerta a puerta. Hubo un tiempo en que para ser Ministro del Interior o de Obras Públicas, había que haber pasado antes por la dirección general de Correos, o de Renfe. Era un entrenamiento óptimo, el mandar dos corporaciones con gran número de empleados y con distribución por todo el territorio nacional. Podrá cambiar el Servicio de Correos, pero nuestros Carteros siguen siendo, los mejores. Como Isabel.

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