En tránsito

La ceguera

La angustia de la gente que protesta en la calle no forma parte de las prioridades que se discuten en el Parlamento

Mientras escribo esto, se oyen las ruidosas protestas de una manifestación en coche. No sé si son trabajadores de hostelería, o conductores de autocar, o cualquier otro sector a punto de ser destruido por la Covid y la crisis. Sean quienes sean, sus bocinazos suenan a rabia difícil de contener. Hay manifestaciones -las de algunos estudiantes, las de determinados sindicatos, las de ciertas agrupaciones feministas, las de ciertos sectores ultraconservadores- que son simples demostraciones ideológicas en las que se ve claro que nadie se está jugando nada. Alguien da la orden, siguiendo un guión ideológico, y al instante hay miles de personas -dóciles, obedientes- que se echan a la calle para protestar. Las consignas están preparadas, las pancartas ya están hechas -siempre hay alguien que se encarga-, y todo está planificado desde el primer momento. Pero en estas otras manifestaciones las cosas son muy distintas: la gente que participa en ellas está viviendo con el agua al cuello. No protesta como una forma ruidosa de ejercer la oposición. No hace sonar el claxon para marcar territorio ideológico. Protesta porque es gente desesperada que ya no sabe qué hacer con su vida.

Tengo la impresión de que la angustia de esta gente que protesta a base de bocinazos no forma parte de las prioridades que se discuten en nuestro Parlamento nacional (ni autonómico, dicho sea de paso). Ni La ley de Educación, ni la Ley de la Eutanasia, ni cualquiera de las otras cuestiones que se discuten y provocan miles de polémicas en la prensa y en la televisión -como el posible aumento del salario mínimo o la reforma laboral- tienen en cuenta a esta gente que lo está pasando muy mal. Es como si esta gente no existiera, o como si su desesperación no estuviera incubando un agrio descontento que cualquier día, si se dan las circunstancias, podría desembocar en un estallido incontrolable de violencia. Los políticos -sobre todo los del Gobierno central- aplican su agenda ideológica, atan apoyos parlamentarios y fingen que hacen cosas (sin hacer apenas nada) mientras esta gente que no puede pagar el alquiler o que no sabe si va a tener un empleo sufre de insomnio permanente o padece ataques irreprimibles de ansiedad. Nadie -insisto, nadie- parece pensar en ella. Y esta ceguera tendrá sus consecuencias. Terribles consecuencias.

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