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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

En casa

Somos de pronto jugadores de parchís, lectores desentrenados, teletrabajadores en babuchas

En estas horas graves y domésticas, de transcurrir lento y convivencia inédita, usted, lector de prensa, se dirá, con razón, que el próximo que le cite a Blaise Pascal será mandado al banquillo, castigado. Pero voy a consumir el comodín del público: "Todos los problemas del hombre provienen de no saber estar sentado solo, en silencio, en una habitación" (me permito el original "el hombre" en vez de "la Humanidad" igual que el presidente Sánchez abandonó el lenguaje inclusivo de un plumazo en sus primeros comunicados de la crisis epidémica en curso). Sin embargo, Pascal escribió esta reflexión en el siglo XVII. Precisión cronológica que viene al caso porque entonces no había internet ni teléfonos: en el actual confinamiento domiciliario que exige la epidemia de coronavirus, lo de estar solo es relativo, porque los móviles echan humo. Asistimos al florecimiento máximo del meme y el vídeo casero, y nunca esto mejor dicho: en casa. Pero, aun así, aun ofreciéndonos nuestras solidarias operadoras telefónicas gigas gratis para sobrellevar el dulce hogar, la situación y su emergencia ofrecen posibilidades interesantes.

Pocas veces nos vemos abocados a pasar despacio las horas en nuestra casa, aunque esta posibilidad esté siempre disponible. Huimos de estar a solas con tiempo por delante, aunque fantaseemos con esta seducción. Hoy, la soledad, la deseada, no se le hace fácil ni siquiera al viajero o al caminante solitario, que se verá tentado por los cantos de sirena contemporáneos -que silban y vibran su bip-bip en tu pecho o tu bolsillo-. Somos, de pronto y por orden de la autoridad, ermitaños de ocasión, familias jugando al parchís, lectores desentrenados, teletrabajadores en babuchas.

De la necesidad, virtud, dice el dicho. Es virtuoso aliviar los roperos y las estanterías, cocinar sin urgencia, conversar sin necesidad, callar durante horas, hacer flexiones en la alfombra junto a un perro confundido. Sumergirnos, leyendo, en los Mares del Sur, tras superar el síndrome del escolar castigado un sábado, que nos deja pasmados sin saber si descartar el prólogo. Quién sabe, en estos días largos pero llenos de novedades y, ay, calenturas y pérdidas, cuántas rutinas serán puestas en duda, cuántas otras serán abrazadas como a un amor que despreciamos y resultó ser verdadero, aunque sea por cotidiano. La ducha sin prisa, la tostada bien tostada, la siesta a deshora, el betún untado en unos zapatos arrumbados, el desfilar de las nubes, las cuerdas nuevas temblando en una guitarra vieja sin acabar de afinarse. Va por ti, Blaise.

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