Campo chico

Alberto Pérez de Vargas

Maruenda, un tiempo atrás

Los Maruenda, que procedían de Elche, como buenos alicantinos, eran guapos y tenían un excelente oído musical

Los Maruenda, en los sesenta. Los Maruenda, en los sesenta.

Los Maruenda, en los sesenta. / E.S.

A mediados de los años cincuenta; a un lustro de pasar el ecuador del pasado siglo, que Dios no tenga en cuenta más que para lo poco bueno que hubo y lo que de él aprendimos los que aprendimos algo; la primera promoción del plan de bachillerato que siguió al llamado “de Estado”, estaba llegando al sexto y último curso. Después vendría el Preuniversitario, previo, como su nombre indica, al acceso a la Universidad. Nuestro querido e inolvidable Instituto, allá arriba de El Calvario, nos había acogido a los pocos muchachos que podíamos permitirnos el lujo de estudiar en él. No había muchos medios que digamos, y la mayor parte de los infantes se limitaban a aprender a leer, escribir y hacer las cuentas, y si acaso a estudiar en alguna de aquellas maravillosas enciclopedias que nos ponían en contacto con el saber.

La primera zapatería, en la calle Radio Algeciras. La primera zapatería, en la calle Radio Algeciras.

La primera zapatería, en la calle Radio Algeciras.

Un pequeño grupo de paisanos estudiaban fuera de la comarca; en algún internado. El Palo, de los jesuitas, en Málaga, o San Felipe Neri, de los marianistas, en Cádiz, eran las principales referencias. La singularidad del curso preuniversitario hizo que, por no estar universalmente implantado, algunos de nuestros paisanos volvieran a Algeciras a cursarlo en el Instituto. Fue el caso, por ejemplo, de uno de nuestros más celebrados condiscípulos, el actual cronista oficial de la ciudad, Luis Alberto del Castillo, o el aparejador sevillano Antonio Rus. Pero, aquellos años tuvieron para la comarca, un valor añadido. Desaparecía el protectorado de España en Marruecos, y procedentes de ciudades españolas como Tetuán o Chauen, o muy habitadas por españoles, como Tánger o Casablanca, muchas familias, entidades y negocios se asentaron, sobre todo, en Algeciras.

Entre 1940 y 1950, Algeciras duplicó su población y en la década siguiente creció más de un 25%. En 1960 se acercaba a los 70.000 habitantes; cuando veinte años antes, en 1940, apenas si rebasaba los 25.000. Emprendedores de otras latitudes se sintieron atraídos por el crecimiento y las posibilidades de la comarca, produciéndose un enriquecedor movimiento inmigratorio que dinamizaría el comercio y la iniciativa empresarial, más allá de la economía sumergida que Gibraltar generaba.

Es en ese contexto que aparecen familias como los Maruenda, procedentes de Elche. Como buenos alicantinos eran guapos, tenían un excelente oído musical, sabían de zapatos y aunque para nosotros resultaban un poco esaboríos, compensaban sus pocas carencias con una excelente disponibilidad para todo. La comarca se benefició de esta gente fajada en el comercio, que venía a trabajar, a crear puestos de trabajo y a mejorar nuestro nivel de vida. Los hijos de Jaime Maruenda, Alfonso, Jaime y Salvador, eran de mi generación, la del cronista, una gran generación por la calidad de su contenido y por las difíciles circunstancias en que se desarrollaría. Una generación de despegue que marcó un antes y un después en nuestra pequeña historia. Los Maruenda tuvieron mucho que ver en ese desarrollo y el mayor de los hijos, Alfonso, que se nos ha ido hace unos días a la Casa del Padre, nos llegó en sexto al Instituto. Las muchachas estaban entusiasmadas con estos guaperas que hablaban con muchas eses y pronunciaban de maravilla el castellano.

La segunda zapatería, en la calle Real. La segunda zapatería, en la calle Real.

La segunda zapatería, en la calle Real.

Alfonso se habrá encontrado ya con sus hermanos. Salvador fue un pianista virtuoso al que escuchábamos ensayar en el recodo en que se remansa antes de la cuesta, la calle Sacramento (Rafael de Muro). Junto a la casa de la abuela de Santiago Sarmiento, la popularísima Tía Anica y sus disfraces de todo tipo, listos para el carnaval, y la joyería de Vela, cuya hija, Estrella, era de una belleza poco común. Salvador murió joven, con 49 años. Se integró en la segunda etapa del grupo musical Rocking Boys, uno de los primeros conjuntos de rock and roll españoles, creado en La Línea, que tuvo un recorrido brillante a lo largo de los años cincuenta y sesenta. Jaime murió a los sesenta y cinco de edad, hace unos trece años, y llevó adelante con Alfonso, y antes con su padre, el negocio de zapatería. Primero estuvieron en la calle José Antonio, hoy Radio Algeciras, después en la calle Real y finalmente en la zona baja del centro de la ciudad, en las dos aceras de la calle Felipe Antonio Vadillo, antigua calle del Pozo, preludio vial de la calle Río en los callejones, inmediatamente antes del Gobierno Militar. Por entonces, el dinamismo comercial de la ciudad residía, sobre todo, en esos aledaños de la plaza y de la calle Tarifa. Cuando Alfonso empezó a salir con la que sería su esposa, Calili (Micaela), despertó la envidia de todos. Calili era una bellísima joven tarifeña, de la familia del famoso Diego Piñero.

Era muy buena gente y como tantos otros que llegaron por los más diversos caminos, nos ayudaron a sentirnos mejores y nos aportaron trabajo y bienestar. Alicante ha sido una provincia providencial para Algeciras y para la comarca. Desde el maestro Justo Sansalvador, hasta Luis López Miquel, creador de La Alicantina, pasando por los Fluxá, por mi gran amigo Juan Jiménez y por Antonio Hernández, y llegando a los Maruenda, el recorrido no puede ser más grato y entrañable. Que Dios tenga a nuestro amigo Alfonso, cerca de Él y junto a todos ellos en el estrado donde se asientan los mejores.

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