Un cambio de órdago a la grande

Andalucía, tiene la oportunidad, en estetiempo convulso, de ser un farol para España

Con la llegada de Moreno Bonilla a San Telmo, una multitud se va y otros llegan. La red clientelar de empresas propias y asociadas, de asociaciones de toda clase, afines y fieles, y de miles de silenciados alimentados por el nutriente del amiguismo o la proximidad de cualquier índole, sufrirán la debacle. El aspirante ha hecho una declaración de buenas intenciones, que a estas alturas lo deja a uno mirando al más allá. Pocos y tal vez iluminados por un pronto fugaz de clarividencia mágica, podían imaginar a Susana Díaz en el ostracismo o al nuevo presidente en el lugar que desde ayer tarde ocupa. Hace algo más de año y medio, Díaz aspiraba a la secretaria general del PSOE a través de un cauce aparentemente prometedor, y Pedro Sánchez buscaba una colocación desde el hielo, sumido en un frío polar. Tras el fracaso de Madrid, Díaz volvió a su barrio y a su supermercado, todavía segura de que el cortijo estaba a buen recaudo.

Ítem más, nadie daba un duro por Bonilla; trasladado a su pesar por el aparato de su partido, nacido y criado en las ubres de la cantera y sin más oficio ni beneficio que el aportado por la estructura. Poco antes de que, con menos del 27% de los votos, cayeran los populares ante un PSOE que encontraría en Ciudadanos el apoyo necesario para gobernar. Con un más bien escaso carisma y una imagen más bien gris, el nuevo presidente había estado cerca de todo lo que no le convenía para su futuro inmediato. Pablo Casado aceptó su presencia encajando las mandíbulas y los andaluces nos acordamos del ¿dónde vas triste de ti? de la película. Ayer sorprendió al personal dando la talla y machacando a una Susana Díaz a la deriva.

Bueno, pues esto es lo que hay. Un mundo nuevo con el que jugar a adivinar qué va a pasar en España. El socio Ciudadanos ahora está aquí, antes estuvo allá y vaya usted a saber si mañana estará acullá para preservar su virginidad; ni a la izquierda ni a la derecha, sino todo lo contrario, procurando parir sin que se le rompa el velo; como un rayo de sol que atraviesa el cristal, sin romperlo ni mancharlo. Todos tendrán que aprender a sentarse y a hablar, a buscar el equilibrio entre los prejuicios y los dogmas. Andalucía, tartésica, romana, visigoda y musulmana, pasó un día a ser la novísima Castilla y, estando ya en ello, tiene la oportunidad, en este tiempo convulso, de ser un farol para España, un hervidero de valores para la convivencia en democracia.

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