Por montera

Ha caído una estrella

Empeñarnos en idealizar a una estrella hace que la caída de nuestra ilusión sea dramática

Se llama Will Smith y lleva más de cuarenta años labrando su carrera. Primero como rapero, cómico, actor, productor discográfico y de cine, llegándose a convertir, según Forbes, en la estrella más financiable de todo el mundo. Cada una de sus películas llega a recaudar más de cien millones de dólares. Digamos que Smith surca los cielos a los que ascendemos a personas comunes que llegan a realizar cosas que nos parecen extraordinarias. Alcanzar su posición habiendo salido de una casa donde su padre, mecánico de neveras y refrigeradores, y su madre, administradora, pudieron dar educación, alimentos y zapatos a cuatro hijos en Pensilvania puede desequilibrarte. Pero en el cielo donde llegamos a ubicar a algunos vivos, y muchos, creen a fe ciega que ese es su sitio natural e inalcanzable para el resto, es solo para los muertos. Empeñarnos en idealizar a una estrella hace que la caída de nuestra ilusión sea tan dramática como la del propio arruinado. Continuar manteniendo la creencia de que ellos, los famosos, gozan de una humanidad corporal, física, emocional, moral, afortunada, diferente al común de los mortales, es el primer error que nos lleva a la parte antagónica de revertirlos en monstruos ante sus errores. Hay que condenar, sin justificación alguna, cualquier tipo de violencia, física y verbal. Porque hay que saber ser estrella. Como le dijo Denzel Washington tras propinar la histórica bofetada a su enemigo personal Chris Rock: "En tus momentos cumbre, ten cuidado, porque es entonces cuando el diablo va a por ti". Mantenerse sin caer desde ese espacio astral de ficción, que tanto se admira, requiere de la mayor humildad que la de aquellos que se duelen de ella por las envidias. Son estos quienes se alegran de la caída de una estrella cuya agresión le pasará, probablemente, una alta factura. Smith no era una santo y debió saber controlar su nefasto impulso, en una de las noches más importantes de su carrera. Hubo quienes creyeron que la bofetada fue parte del guión, y todos se rieron. Es decir: si la torta estuviera enmarcada en una ficción, ¿nos haría gracia?¿Por qué cuando se descubrió que era auténtica no fue motivo de risa? Y, llega la condena al agresor. Todos somos responsables para saber gestionar esta situación irreparable. Los Oscar es un lugar para la denuncia. Ni los críticos deben subirse, ahora, a los cielos, ni bajar a los infiernos a un ser humano que debe aprender a vivir en el éxito.

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