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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La barbarie entre nosotros

La crueldad y la barbarie son una y la misma por diferentes que sean las circunstancias que las hacen aflorar

Leer el mismo día la atroz noticia del triple asesinato en una aldea de Pontevedra y el artículo de Sami Naïr La barbarie avanza(El País) me reafirma en que la crueldad y la barbarie son una y la misma por diferentes que sean las circunstancias que las hacen aflorar y las alientan. Hay momentos históricos que las estatalizan y fomentan. Baste citar los casos mayores del nazismo, el fascismo y el comunismo soviético o chino. También hay otros momentos de la historia en los que se dan las condiciones para que se desate. Es el caso de las grandes empresas coloniales -baste recordar el genocidio belga en el Congo que inspiró a Conrad El corazón de las tinieblas- y todas las guerras, justas por defensivas o injustas por ofensivas. Sin olvidar las manifestaciones de barbarie que se producen todos los días ante los ojos de quienes, por gozar de las libertades y derechos de un país privilegiado, creen vivir en un mundo mejor, menos bárbaro y cruel.

Basta la crisis de la migración para desbaratar esta ilusión. En su artículo, referido a los refugiados kurdos, escribe Naïr: "Los refugiados son más que nunca, y muy a su pesar, una variable en el juego sucio de las relaciones geopolíticas. Son peones, y no seres humanos, en el tablero sangrante de las relaciones de fuerza entre los diversos protagonistas". Siempre ha sido así. Lo demuestra el fracaso de la conferencia internacional de Évian en julio de 1938, convocada para afrontar el drama de la persecución nazi de los judíos: de 32 países solo tres aceptaron acoger unos pocos refugiados judíos. Sólo sirvió para que Hitler supiera que a nadie le importaba el destino de los judíos alemanes y austríacos: cuatro meses más tarde se programó la Noche de los Cristales Rotos y un año más tarde comenzaron las deportaciones. Tiene razón Naïr: ayer y hoy los refugiados son peones en el tablero sangrante del juego geopolítico.

Pero no sólo se trata de las grandes tragedias. La raíz única -la capacidad del ser humano para hacer el mal- de esta crueldad y barbarie que se multiplica cuando los estados las asumen o los intereses las permiten, se manifiesta en la vida cotidiana a través de atroces acciones individuales. Esto es lo que liga el artículo de Naïr con la matanza de Pontevedra: un hombre asesinó ante sus hijos de 4 y 7 años a quienes fueron su mujer, su suegra y su cuñada. El corazón de las tinieblas está entre nosotros.

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