Los niños españoles tienen suerte. Deben ser de los pocos que reciben dos veces regalos en las fiestas navideñas. Primero es Papá Noel, ese fabricante y repartidor de juguetes nórdico que amparado en la globalización extendió con éxito su empresa a los calurosos países meridionales en los que, hasta entonces, los Reyes tenían el monopolio de hacer felices a los niños gracias a sus regalos. En nuestra infancia solo podíamos apelar a los Magos de Oriente para que se nos concediesen nuestros deseos, aunque, lo habitual fuese que sus obsequios estuviesen muy por debajo de nuestras expectativas. A pesar de ello año tras año nos esmerábamos en hacer todo lo posible por complacer a los Reyes con un minucioso ritual petitorio. Lo primero era redactar una carta en la que exponíamos con todo lujo de detalles los juguetes que aspirábamos a recibir. La "solicitud" estaba escrita con una primorosa letra (obtenida gracias a los "Cuadernos de Caligrafía" de la editorial Luis Vives que nos obligaban a completar con plumilla en la escuela), sin faltas de ortografía y abusando de las fórmulas laudatorias al estilo de: "Les saluda este pequeño servidor que les besa sus reales manos". Nada que ver con las cartas que ahora reciben. Prefabricadas en las grandes superficies son casi catálogos en que a los niños les basta con marcar una "x" en los juguetes que quieren. En vísperas de la Epifanía y como si no confiásemos demasiado en la omnipresencia de estos tres personajes orientales, intentábamos llamar su atención haciendo ruido corriendo por las calles con una ristra de latas atadas a una cuerda. Aquella práctica espontanea, anárquica e incluso gamberra, es la misma que ahora, en manos municipales, se ha desvirtuado convertida en un patético remedo en el que unos niños sumisos desfilan como autómatas arrastrando las latas preparadas por sus padres. Cierto año la chiquillería de mi calle habíamos pedido a los Reyes armas e indumentaria de cowboy (eran los tiempos de "Solo ante el peligro", "Los siete magníficos" o "Raíces profundas" y nosotros aspirábamos a jugar a ser Gary Cooper, Yul Brynner o Alan Ladd). Puede decirse que los Reyes, mas o menos, cumplieron y nos equiparon con cartucheras, pistolas y rifles de calamita, chalecos, pañuelos, sombreros y botas de agua con algún dibujo que evocaba vagamente al "far west". Ya estábamos escenificando la persecución de bandidos a lomos de escobas y cepillos cuando vimos aparecer a un chico fruto de una unión extramarital entre un pudiente empresario local y una mujer de nuestra calle. Su aparición fue en verdad "de película": a lomos de un caballo ¡de verdad! e impecablemente vestido con un traje corto andaluz. ¿Qué habría hecho aquel muchacho para que los Reyes se dignasen en traerle un precioso corcel más el paje que tiraba de las riendas? Indignados ante tanta arbitrariedad dimos la vuelta, espoleamos nuestras escobas, y corrimos en busca de nuevas aventuras.

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