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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Y el amor

Es importante identificar el amor y el odio siempre, venga de donde venga, para no quedar luego deslegimitados

Parecía un chiste sacado de aquel Dr. Strangelove de Stanley Kubrick: Ada Colau convocaba una contramanifestación en respuesta al mitin de Vox bajo el lema En Barcelona el amor gana al odio mientras se veía por todas partes la imagen de aquel hombre acorralado, obligado a bajar de su bicicleta y enfrentado a matones encapuchados de puños cerrados, mientras intentaba quitarse de en medio a la vez que le caían los palos, porque había cometido la osadía de lucir una camiseta con los colores de la enseña nacional. Que conste que el lema de Colau me parece acertadísimo: Vox ha venido a por su trozo del pastel disparando a las tripas, dando cobertura, proyección y, lo que es peor, cotas nefastas de dignidad a los complejos, la bilis negra y la mala uva de bastantes más de cuatro. Suscribo: una simple lectura de la Historia nos demuestra que hacer política a base de la frustración y el odio conduce al desastre. El problema es que en España hubo una generación que se hartó de guerra, que no quiso tener que ver con nada que sonara a conflicto ni en pintura después de la que había caído y que, en consecuencia, sacrificó ciertas convicciones que hasta entonces se habían considerado sagradas en el amplio abanico ideológico para alcanzar un pacto que garantizara que la guerra no volvería. Pero esta generación es otra cosa.

Cabe recordar, eso sí, que el amor y el odio son términos absolutos. Si introducimos en ellos condicionantes, pasan a significar otra cosa. Si decimos yo amo, pero o yo odio, pero, en realidad nos estamos refiriendo a algo distinto del amor y el odio. Del mismo modo, es importante identificar el amor y el odio, siempre, venga de donde venga, porque si no lo hacemos quedamos después deslegitimados cuando pretendemos reivindicarlos. Hace bien Colau en reaccionar contra Vox y señalarlos como una manifestación del odio, pero su postura queda cuanto menos en entredicho cuando durante muchos años ha tenido la oportunidad de señalar de la misma forma al nacionalismo y ha preferido no hacerlo. Más aún, ha optado por mostrarse próxima, sensible y aliada de un nacionalismo que ha pregonado exactamente el mismo odio y ha excitado justo las mismas pasiones con tal de parecer, seguramente, menos franquista, ignorando que, igual que en su día no todo lo que se enfrentó a Franco fue mejor que Franco, tampoco todo lo que se enfrenta hoy a la nostalgia del franquismo es mejor que Vox.

Lo que no deja de coincidir, de nuevo, con el gran crimen de nuestra izquierda: alimentar a una bestia para enfrentarse a otra a sabiendas de que las dos son la misma.

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