Campo Chico

Alberto P. de Vargas

De allá y de más acá de la Verja (y V)

Las empresas que ya estaban en funcionamiento en 1965 crearon 5.000 puestos de trabajo hasta 1974 

Gráficos en un folleto de la época (1975). Gráficos en un folleto de la época (1975).

Gráficos en un folleto de la época (1975). / E.S.

El fallecimiento, el pasado mes de agosto, de Manuel Beardo Muñoz, actualiza la gratitud que debemos a tantos que han contribuido al espectacular desarrollo del Puerto y del Campo de Gibraltar. Beardo nació en Madrid y se crió en San Fernando, como corresponde al hijo de un marino ilustre. Era buen amigo de mi hermano Ignacio, que trabajó toda su vida en Cepsa, y ambos formaron parte, en la primera década del siglo, como presidente y secretario, respectivamente, de la directiva del Real Club Náutico de Algeciras, institución que, como el Casino y el Hotel Reina Cristina, entre otras, eran la referencia social por excelencia entre la pequeña burguesía de los años de privaciones de la posguerra.

Tuve ocasión y tiempo de valorar la categoría humana de Beardo, pero de lo que se trata ahora es de señalar el gran papel que desempeñó en el Puerto. El presidente, Gerardo Landaluce, gran conocedor de la historia del desarrollo portuario y uno de sus más señalados artífices, escribía en Europa Sur, el pasado día 8, lo siguiente: “Hace 45 años –se refiere, pues, a 1975, seis años después del cierre de la verja– iniciaba su actividad la primera terminal de contenedores del Puerto de Algeciras y, en la época, la mayor de España. Se inauguraba una parte importante de la historia reciente del Puerto de Algeciras y de la que Manuel Beardo fue protagonista de excepción. El Muelle de Isla Verde acogía en la primavera de 1975 los inicios de la actividad del contenedor de la mano de la naviera norteamericana Sea Land Corporation, con Naviera del Odiel como su agente general en España. Tras una inversión de 1.500 millones de pesetas (unos 9.015.000€ de entonces y unos 108.500.000€ de ahora) y una fuerza laboral de más de 500 trabajadores”. José María Jaén Ruiz, gran amigo de Beardo y de Ignacio, estuvo con ellos en la directiva del Club, en los primeros años del siglo, y fue también una figura clave junto a Beardo, desde su función económica y financiera, en la puesta en marcha de la terminal del Muelle del Navío, en 1990.

Si aceptamos como lo más razonable, a efectos de considerar los movimientos migratorios, que La Línea es el municipio más afectado por los conflictos generados por Gibraltar, como el cierre de la Verja, por ejemplo; de acuerdo con las cifras que facilita el Instituto Nacional de Estadística, entre 1960 y 1970 el censo bajó en unas siete mil personas y ya desde entonces evolucionó al alza. Puesto que el cierre se produce en 1969, no es constatable un descenso significativo de población por esa causa. Los efectos del cierre tendrían que haber incidido de modo importante en la década siguiente, pero entre 1970 y 1980 la población de La Línea creció en más de cuatro mil personas. Algeciras, sin embargo, pasó, entre 1960 y 1970, de algo más de sesenta y seis mil a cerca de ochenta y dos mil habitantes y, en lo sucesivo, siguió aumentando. Al principio de ese período las dos poblaciones tenían poco más o menos el mismo número de censados, mientras que al final, Algeciras tenía casi treinta mil habitantes más que La Línea. De modo que en ambos casos hay crecimiento aunque es bastante menor la pendiente de la curva en La Línea. Ello probablemente se debió a los indeseables efectos de su mayor proximidad a la colonia; aun estando el polígono industrial de San Roque más cerca de La Línea que de Algeciras. Por su parte, respecto al conjunto de España y con referencia al año 1960 y siguientes, el V Informe Foessa (Anuario de Migraciones) estima que en 1964 se da el número más alto de emigrantes españoles en Europa y a partir de ahí, la curva desciende rápidamente, hasta bajar de cien mil trabajadores en los primeros años setenta.

Antes, los jóvenes miraban admirativamente el peñón; ahora (Natera, 1979) miran la antorcha de la refinería

El día 25 de febrero de 1957, cuando el octavo Gobierno presidido por el general Franco accede a la primera línea de la Administración Pública, aparecen figuras con una fuerte componente técnica. Tres catedráticos de la entonces Universidad de Madrid, ahora Complutense, figuras de una extraordinaria relevancia profesional, como Castiella (Exteriores), Ullastres (Comercio) y García Mina (Educación), por citar a los que tal vez fueran más significativos en la modernización de la gestión del Estado, serían las primeras de un conjunto de personalidades relevantes en la España de entonces, que abordarían un plan de desarrollo en el que la estrella era el Campo de Gibraltar, una de las zonas, entonces, más alejadas de los grandes proyectos nacionales, generalmente dirigidos al norte, muy especialmente a las provincias vascas y catalanas. Datos que el lector puede encontrar en los documentos oficiales de la época y muy concretamente en la Tesis Doctoral de Manuel Natera y en los trabajos de la profesora algecireña María José Foncubierta y del profesor granadino Lozano Maldonado, permiten dar una idea de lo que significó para la comarca el propósito, del que el cierre de la Verja en 1969 es el acto central, de hacer partícipe al Campo de Gibraltar de los planes nacionales de desarrollo.

En el período 1966-1974 en el CdG, que comprende, a un tercio de su recorrido, el cierre de la Verja (1969), el consumo de energía eléctrica –el mejor índice para valorar la actividad industrial y el nivel de vida de las familias– aumentó más de trece veces, pasando de 15,9 millones de kilowatios en 1966 a casi 211 millones en 1974. El volumen de inversión de las empresas que ya estaban en funcionamiento alcanzó los 27.500 millones de pesetas, más de 165 millones de euros de entonces, que equivalen a algo más de 350 millones de los actuales. Paralelamente, se crearon alrededor de 5.000 puestos de trabajo. Bien es verdad que la escasa formación imperante en la población supuso un importante flujo de inmigración, que sin duda sirvió para atenuar la contabilidad de emigrados. Una idea de la situación puede dárnosla un hecho que no por anecdótico deja de ser significativo: Francisco Cortacero es un granadino de Albolote, gran amigo mío, que llegó a la comarca en 1971 atendiendo la importante demanda laboral que suponía el crecimiento industrial y económico. Era el jefe de compras del Hotel Guadacorte, que se abría con la única competencia en “cuatro estrellas” del legendario Hotel Reina Cristina. De todo el equipo del nuevo hotel, sólo dos personas, ambas de Algeciras, eran naturales del CdG, Manuel Oliva, jefe de cocina, que trabajaba desde mucho antes fuera de la comarca, y Luis Ronco, jefe de conserjería.

Todos sabemos que por aquí ha recalado una gran cantidad de médicos nacidos en otros lugares, a pesar de tener tres Facultades de Medicina relativamente próximas, Granada, Sevilla y Cádiz, cuya Facultad tiene raíces fundacionales que se remontan al primer tercio del siglo XVIII. Pues bien, sólo tres médicos nativos estaban en la plantilla inaugural del Hospital Punta Europa de Algeciras, los doctores, Rivera y Luna (ginecólogos) y Garcés, pediatra. En 1972 la población activa era de 65.600, de un total de alrededor de ciento noventa mil habitantes; un 35%. Y el 30% del total pertenecía al sector industrial, una cifra extraordinaria si la valoramos en términos relativos respecto a la situación unos pocos años antes. Del 40% de ocupados en el sector primario se pasó al 25%. Permítaseme, a modo de epílogo, que vuelva a acudir por su importancia, al artículo del desaparecido y gran periodista gaditano (de Cai, Cai), Felix Bayón, que tanto contribuyó a la brillante ejecutoria del Diario de Cádiz y fuera pionero entre los columnistas de El País; lo cité en la segunda entrega (Europa Sur, 04.10.2020) de esta serie. Lo reproduciría entero, pero no es posible, de modo que recomiendo con fervor su atenta lectura. En él (1979) refiere las sabias palabras que pronunciaría Manuel Natera cuando, siendo gerente del Plan de Desarrollo, fuera uno de sus interlocutores: “Antes, los jóvenes miraban admirativamente el Peñón; ahora miran la antorcha de la refinería, donde tienen esperanzas de encontrar un puesto de trabajo estable”.

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