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La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

Los abuelos, otra vez

El coronavirus ha destapado el agujero negro que son las residencias, un agujero que hay que destapar y regular

Fueron niños pasando hambre y bebiendo leche en polvo en la posguerra. Llegaron a la adolescencia ganando un puñado de reales con el ingrato trabajo que ahora le endosamos a los inmigrantes sin intuir siquiera que al otro de lado de los Pirineos se empezaban a conquistar derechos y libertades. Se les desmontó su mundo con la muerte de Franco y les encargamos que pilotaran la Transición construyendo el Estado del bienestar que debía situar a España entre los países más avanzados de Europa.

Lo hicieron todo sin ponerse de perfil. Se dieron el lujo de cambiar la tele en blanco y negro de la España del Nodo por una pantalla multicolor en el dormitorio y hasta de subirse en un avión con el Imserso. Eso fue antes de la (otra) crisis. La de 2008. La de la burbuja del ladrillo, las hipotecas y los desahucios. Entonces ya eran esclavos de sus nietos. A los yayos, otra vez, los pusimos en primera línea del frente. Como escudo vulnerable. De la infancia robada a la madurez regalada.

Hace un año tuvieron que salir a las calles para exigir una subida digna a sus pensiones -nadie se acordó de ellos cuando España volvía a ir bien- y ahora son diana del Covid-19. Es perverso. El colectivo más frágil y vulnerable ante el coronavirus son ancianos que no han podido vivir la etapa final de su vida en sus casas, con sus familias. El Ejército ha encontrado cadáveres en sus camas cuando se han iniciado las inspecciones en los centros de mayores. Se me volcó el corazón cuando escuché a la ministra denunciarlo. La tercera pata del Bienestar, la social, la dependencia, sigue siendo una ilusión en nuestro país y las residencias, un agujero negro que hay que destapar y regular. ¿Servirá al menos esta crisis para eso?

En las sociedades orientales se encomiendan al karma; aquí preferimos pensar que "Dios escribe derecho sobre renglones torcidos". Estaría bien tener fe en estos momentos, entender cómo ese bicho que ha saltado de un murciélago a un mercado atávico de Wuhan ha desatado la mayor crisis sanitaria mundial que (de momento) conocemos. Replanteo mi indignación y perplejidad. Hacia atrás, para preguntarnos cómo, después de la crisis del SARS de 2004, lo hemos permitido. Hoy, en plena epidemia del SARS-2, para que hagamos autocrítica (todos) pensando si estamos dando respuesta y protegiendo a los más expuestos, a nuestros abuelos. Mirando hacia adelante, ¿unos meses, un año?, casi no me atrevo ni a plantearlo: si estamos haciendo algo para que no haya un SARS-3.

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