En los últimos días, decenas de miles de jóvenes han conocido qué nota han sacado en la PEvAU. La tensión extrema que genera esta prueba -nada comparable con la Selectividad que vivimos los de mi edad- nace de una perversa combinación de escasez de plazas públicas, carreras de moda, preocupación por el empleo y una interpretación radical de la vocación que termina desembocando, muy frecuentemente, en amargura y frustración. En realidad, la PEvAU, como sus antecesoras, no determina una auténtica cualificación o aptitud para ser universitario, sino que, como si de una competición olímpica se tratase, asigna al individuo una marca que lo habilita o no para cursar lo que quiere o, más frecuentemente, lo que le la familia o la sociedad le han dicho que debe querer. En esta competición por la décima y la centésima, tan propia de nuestro tiempo, las vocaciones importan poco y los estudiantes se ven impelidos a cursar, a veces, grados que no desean por la mera circunstancia de que no alcanzaron la temida nota de corte o porque fueron bombardeados con estándares socioculturales vinculados al prestigio, la empleabilidad o las modas que no dejan libre ni siquiera a la más docta academia. El sinsentido está servido. Miles de personas se quedan fuera de las profesiones que más necesita el desarrollo económico, sanitario, científico y tecnológico del país (potenciales médicos, enfermeros, matemáticos, físicos, biomédicos, informáticos…) y, año tras año, sigue sin financiarse un incremento de la oferta de plazas; sorprendentemente se saturan carreras que conducen casi con toda seguridad al paro (que alguien me lo explique, por favor); en otros casos, ingenierías con empleo garantizado al 100% no alcanzan a cubrir su oferta; finalmente, las Humanidades y las Ciencias Sociales languidecen porque esta sociedad infame considera que no son ni útiles ni rentables ni acreedoras de prestigio. No sobran universitarios, sencillamente porque la formación, el conocimiento y el pensamiento crítico nunca sobran. Lo que hace falta es crear un tejido productivo moderno, innovador y culto que los absorba. El sistema necesita ser redefinido con urgencia, tanto en el plano normativo como en el de los conceptos y valores, porque ambos se retroalimentan. Resulta imprescindible redefinir el acceso a la Universidad, acomodar racionalmente (modas aparte) la oferta a la demanda e invertir en nuevas titulaciones que modernicen e internacionalicen el mapa existente. Pero no es menos importante acometer la redefinición de lo que queremos ser a lo largo de nuestra vida, recuperando el valor auténtico de la vocación, sin someterla a las presiones de la oportunidad, el prestigio o el enriquecimiento y, sobre todo, trasladando con claridad a las nuevas generaciones que la felicidad es algo tan complejo que nunca depende solo de una nota o de una profesión.

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