Sí, no me cabe la menor duda de que un viaje espacial debe de ser muy especial. Puedo vislumbrar la emoción de la preparación: una se documenta, piensa, calcula, imagina… En todos los viajes valen casi tanto los previos como el desarrollo y estos previos de los viajes espaciales deben de rozar la alucinación. Hemos visto tantas fotos, tantas imágenes inmortalizadas por la cinematografía, que observar la Tierra desde el cielo debe de parecerse un poco a ver en persona una obra de arte que nos encandila y magnetiza desde que, aún niños, nos maravillaba en el libro de texto escolar. El riesgo consustancial a todo viaje, en este caso, aumenta y, con él, crece la emoción. La excepcionalidad la multiplica: no hay nada más excitante que salirse de los circuitos y las rutas turísticas, pisar dónde pocos han pisado y añadir lo singular a la experiencia colectiva, tan manoseada ya por las agencias y los turoperadores.

Viajar al espacio no podrá, probablemente, compararse a ninguna otra cosa. La noche antes será difícil conciliar el sueño y, en lugar de contar ovejas, se contarán planetas azules apenas empañados por un poco de algodón de azúcar. Habrá quizás, también, una sensación agridulce: después de viajar al espacio, ¿qué me queda por hacer? ¿y si todo me parece luego vulgar y anodino?

Ya dentro de la cápsula las tripas rugen y la sangre galopa por las arterias a toda presión. Dicen que se tarda once minutos en subir a ese borde exterior donde el vértigo se desata y la oscuridad se apodera de todo. Parece poco tiempo, pero debe de ser una eternidad solo medible con el instrumental de la impaciencia. Esos once minutos valdrían más la pena aún si, al mismo tiempo, nos pudieran garantizar poder oír el sonido -quizás silencio- de esos lares celestiales, sin acordes de motores ni de instrucciones radiadas, viendo como la Tierra lentamente se aleja de nosotros. Y todavía sería mejor si en el último momento, pudiera retumbar en todo el espacio la obertura que Wagner soñó para su Tannhäuser dirigida por Karajan (vaya, lo siento, hemos vuelto a las cosas de la Tierra). Luego, vienen cuatro minutos de contemplación, tan fugaces y escurridizos como la felicidad misma, inaprehensibles, etéreos, indolentes, únicos, finitos, estremecedores. Cuatro breves minutos para sentirse dios a base de enviar paquetes de cartón por el mundo. Cuatro minutos para olvidarse de que en esa bella bola azul que pelotea en el espacio cunden el hambre, la guerra, la enfermedad, la intolerancia y la injusticia. Alguien me dijo hace tiempo que, vista desde el espacio, la Tierra es una gran naranja azul verdosa. Sí, azul verdosa, porque ese es el color de las naranjas cuando se pudren. Breve espejismo verla girar desde esos 9.600 metros de altura. Gran sacrificio de lo mejor de los viajes: decidir, a la vuelta, a dónde se volverá a viajar.

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