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Veamos, veamos

La programada estrategia de mimetizar a la derecha con el fascismo es una de las viejas banderas de la izquierda

Las redes sociales echan humo: en cada esquina del polígono electoral las retaguardias de iluminados y gurús nos bombardean con medias verdades y falsedades calculadas. Sin embargo, en la trastienda, no hay sino la derecha y la izquierda de toda la vida. Por más que ahora el bipartidismo esté transfigurado en carteles diversos, algunos sumamente peligrosos para la integridad del Estado. Si revisáramos la situación que había en los oscuros años de la Segunda República, veríamos que en lo que a posicionamientos se refiere, apenas si hay diferencias. Separatistas y antisistemas esperando a que la izquierda floja les facilite el camino hacia el caos soñado, soviéticos extemporáneos, constitucionalistas de izquierda, que no saben a qué apuntarse, republicanos sin opción y una derecha entreverada de mírame y no me toques.

En un panorama así no es sorprendente que un sujeto fullero, falseador y mentiroso, de quien nadie se fiaría en las relaciones sociales o en los intercambios comerciales, pueda permanecer en la presidencia del Gobierno tras haber evidenciado sus graves carencias. Ni que un resentido sin causa, que no habría desentonado en el papel de comisario político de alguna de las checas que albergaron tantos lugares de España en los años de libertad republicana, se revista de piel de cordero para desempeñar el papel de aspirante a habitar en la Moncloa. La programada estrategia de mimetizar a la derecha con el fascismo es una de las viejas banderas de una izquierda que no es capaz de sacudirse su olor a caverna. Curioso empeño de los que fingen respetar el sistema para poder remplazarlo por la tiranía del pensamiento único.

Contemplar a los mosqueteros del marxismo-leninismo subir a los estrados como si tal cosa y permitir que enarbolen símbolos compartidos con quienes cometieron crímenes de lesa humanidad, podrán interpretarse como cúlmenes de la tolerancia, pero suponen integrar el riesgo inminente en el sistema. Puede asumirse sin reservas constitucionales incluso el propósito de corregir o cambiar preceptos de la ley de leyes, pero de ninguna manera tolerarse que se adopten actitudes inconstitucionales; no hay democracia sin ley. Los debates seguramente han servido para mejorar la visibilidad de las opciones emergentes, pero tal vez también hayan inspirado el voto al gran ausente: la elevada proporción de indecisos es el más evidente de los síntomas que permiten intuirlo.

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