Manuel barea muñoz

Tragar: III. Vecinos

M está en paro y por tanto tiene mucho tiempo libre para regodearse en su autodesprecio y también para descubrir la razón de que el doctor Relimpio no pueda seguir tratándolo: sus servicios están monopolizados por un joven concejal del Grupo Ciudadanos en el Ayuntamiento de Sevilla con TOC. Ahora M es consciente de que al doctor Relimpio le motiva más este nuevo paciente que los otros, y comprende que hay cosas más importantes que él mismo. Que la gente común es desechable. Sin embargo, no deja de haber excepciones, como Dodi, con quien M ya comparte sus laxantes.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell

From: Manuel Barroso Ruiz <mambrub@hotmail.es>To: Bruno Relimpio Tirado <breti@gmail.com>Date: jue., 10 may. 2018 20:16Subject: Vecinos

Estimado doctor Relimpio:

CREO que voy a marcharme de esta casa. Antes de que mi madre estirara la pata estaba convencido de que viviría en una de esas unifamiliares del Aljarafe con mujer e hijos y de que jugaría al pádel con el vecino y cosas así. Supongo que no es sano tener esa clase de expectativas sobre nada. En especial los vecinos. Los míos no se esfuerzan en parecer humanos. No miran, no hablan. Y yo les sonrío, doy los buenos días, trato una y otra vez de ser amable. Subo con la compra y me cruzo con la rubia de arriba, me hago a un lado y ella pasa de largo. Ciega, muda. Observo cómo baja las escaleras deseando que trastabille e hinque esos dientes de caballo en el pasamanos, pero sólo oigo el estruendo de la puerta.

Sé por qué me tratan así. Es mi negativa a formar parte de esa secta llamada comunidad de vecinos. Yo solo aspiro a ser un propietario normal, que dice hola y va a sus asuntos, no de los que asisten a barbacoas en la azotea. Hace poco la vecina de abajo, una mujer terriblemente sevillana, llamó al timbre para invitarme. Era una especie de reunión de la comunidad. Distendida. Con chistorras. A cargo de su marido. Respondía al motivo de que "aquí hay buen rollo". Le dije que no podía ser. Ella insistió. Demasiado. Intenté rechazarla con delicadeza. Al final le dije que me lo pensaría. Ella hizo oídos sordos.

A veces creo que se burlan de mí, los vecinos. Ese jaleo que arman a todas horas sólo para desquiciarme, para sacarme de mis casillas, para que haga algo de lo que luego arrepentirme. Me espían. Controlan mis movimientos. Me abren las cartas. He encontrado sobres abiertos y manoseados dentro del buzón. Quieren someterme. Que sea igual que ellos o si no busque un nuevo sitio donde vivir.

Nunca se tiene en cuenta el otro punto de vista, ¿verdad? El de "si no me dejáis vivir en paz os exterminaré". El de "no os conviene nada jugar conmigo". Nunca se tiene en cuenta. Hasta que ocurre una desgracia.

Y entonces la gente dice: "Era un vecino normal". Callándose detalles como: "Pero lo volvimos loco".

La de abajo no es mala gente. Tan sólo deseo que no exista. Borrarla de un plumazo a ella y toda su familia. A su hijo de cinco años que usa el bloque como patio de recreo privado, a su hija adolescente tomando el sol en el ojopatio convertido en altavoz para sus chillidos, para el coñazo de Maluma y para las amenazas de su madre manipuladora. A su marido, un enclenque que viste con camisetas promocionales, un puñetero maestro del arte de la barbacoa.

No quería ir, de veras que no. Luché con uñas y dientes. Pero al final no pude evitarlo. Ese olor. Bajaba hasta mis ventanas. Se pegaba a todo, a las paredes, a las cortinas, el aire hinchado con aroma a costillas adobadas. Subí corriendo, saludé y, por primera vez en mucho tiempo, me dirigieron la palabra. Estaban sorprendidos de verme allí, pude notarlo. El marido de la vecina de abajo me dio un churrasco. Estaba marinado con especias, tierno, jugoso. Así que me fui.

No quiero que la gente vea cómo me como un churrasco. No quiero que me vean asaltar una bandeja de pinchitos, cómo acabo con una telera y medio litro de salsa. Incluso en atracones normalizados como barbacoas y Nochevieja. En las comidas de mi abuela. Mi abuela era feliz viéndome devorar. Puchero, filetes de lomo, patatas con tomate, huevos fritos, albóndigas, acedías, natillas, buñuelos, dame más, abuela, quiero atascarme las arterias con toda tu cocina, quiero bañarme en tu pringá, necesito otra de esas croquetas o creo que me pegaré un tiro, una carmela más o no sé qué será de mí. El resto de la familia ríe. Cosas de niños obesos. Mi padre no se ríe. La otra muestra de desprecio proviene de mi tío: "Rosarito, ¿y si tu hijo te ha salío maricón?". Mi madre me achucha. Usted ya sabe de sobra cuál es el resultado de hijo único gordo más padre estricto y madre sobreprotectora, ¿no?

Así que volví a casa. No me sentía lleno. Me comí tres barras de fuet, dos de pan y cinco palmeras y me quedé dormido. Recordé que un crío me había dicho que tenía una cobaya.

¿Estarán ricas las cobayas?

Cuando mi madre la diñó, la vecina de abajo llamó al timbre para preguntarme qué le había pasado. Le dije que había muerto y me dio el pésame. Lo hizo porque es una cotilla despreciable.

Me alegró de que por culpa de esa obsesión por las vidas ajenas protagonizase un episodio de lo más incómodo. Me quedé mirándola. Era la primera vez que lo hacía con detenimiento. Tenía bigote. Me refiero a un bigote grande. Vestía de leopardo y fucsia. Le pregunté si quería pasar. Regresó a su casa en silencio.

A menudo he pensado en dedicar mis esfuerzos a hacerle bien la puñeta, pero siempre termino diciéndome que ya es bastante desgraciada.

Mi padre solía decir que si ya era un desgraciado en su propia casa cómo no iba a serlo ahí fuera, en el mundo real. En el caso del barrio, las vidas miserables de los vecinos también tienen su eco las calles. Es el orden natural. Estamos habituados a que los mendigos sean unos borrachos malolientes que convierten la acera en un estercolero y a que las viejas sean unas cotorras resentidas que pasean perros-rata. Y somos demasiado tolerantes con su existencia.

Afectuosamente, M.

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