En tránsito

Toque de queda

Es como si todos tuviéramos dos vidas: una en la que todo es razonable; y otra sórdida en un mundo que se viene abajo

El otro día volvía a casa cuando faltaba poco para el toque de queda. Era una noche lluviosa, bastante fría -quizá la primera del otoño-, y como es natural había muy poca gente en la calle. Los pocos transeúntes caminaban muy deprisa, mirando el reloj casi a escondidas, con ese aire furtivo de quien sabe que ha hecho algo que no debía. Y encima, todos los bares y cafés estaban cerrados y casi no había ningún local comercial abierto al público. Un chino montaba guardia frente a su local vacío, con la mascarilla puesta, y miraba a los pocos transeúntes como suplicándoles que se pararan a comprarle algo: una naranja, una Coca-Cola, lo que fuera. En la avenida ya estaba encendida la iluminación navideña -unas pocas campanas rojas y verdes que brillaban trémulas bajo la lluvia-, pero la imagen era más bien triste y fantasmagórica. Sin bares iluminados, sin peatones, sin tiendas abiertas al público y casi sin coches -sólo se veían las luces amenazadoras de los coches patrulla de la policía local-, era como si de pronto viviéramos en una ciudad pobre y medio deshabitada, sometida a una plaga o recién salida de una guerra que había dejado a toda la población aterrorizada y destruida anímicamente.

Pero ¿no es realmente eso lo que estamos viviendo? ¿No estamos viviendo una plaga y no estamos sometidos a un toque de queda como si viviéramos en una ciudad sitiada por no sabe muy bien qué amenaza invisible? ¿Y no estamos viviendo una bancarrota económica que la propaganda desvergonzada del gobierno quiere camuflar con toda clase de patrañas tipo "Todos saldremos más fuertes"? Es curioso, porque cualquier ciudad andaluza, por la mañana, parece un lugar alegre y tranquilo. Pero a partir de las seis de la tarde -cuando cierran los bares y comercios- todo se vuelve lúgubre y tétrico y amenazador. Es como si tuviéramos dos vidas: una luminosa y agradable en una democracia pujante en la que todo marcha razonablemente bien; y otra sórdida y vergonzosa en un mundo que se viene abajo y en el que nadie sabe muy bien lo que ocurre ni va a ocurrir.

De momento, los ciudadanos vivimos a caballo entre las dos realidades -una más o menos agradable y otra bastante tétrica-, pero cada vez habrá más gente que va a vivir -por angustia económica o por simple desesperación- en esa sociedad oscura y amenazada. Vienen tiempos interesantes.

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