Su propio afán

Solitarios familiares

Jugando unos solitarios Unamuno nos enseñó lo importante que es la compañía

De mis escritores me gusta tanto leerlos como lo que leen. Hace tiempo Andrés Trapiello hizo una observación de utilidad pública. Hay un período en su diario en que Zenobia Camprubí, siempre tan atenta a su marido JRJ, se quejaba de él con mucha amargura. Trapiello cotejó fechas y se dio cuenta de que fue cuando tuvieron una casa extremadamente pequeña, sin la holgura para una convivencia enriquecedora. Recordarlo ahora que tantas familias veranean embutidas en pequeños apartamentos de playa puede hacer mucho bien. (El problema, querido lector o lectora hasta la coronilla, no es de tu cónyuge, ni de tu matrimonio, sino de unos pocos metros cuadrados inexistentes.)

Lo he recordado al leerle otra observación perspicaz, esta vez en su último diario, Quasi una fantasía (Libros del Arrabal, 2021). Detecta Trapiello que, cuando en el mes de agosto de 1927 la familia de Unamuno se trasladó a Fuerteventura, donde éste cumplía confinamiento, se le reavivaron enseguida sus viejos hábitos familiares, entre ellos… ¡el de hacer solitarios! Concluye con mucha gracia Trapiello: "O sea, que ese hábito lo había abandonado precisamente cuando estaba más solo […]. Pero volvió su familia, y se despertó el deseo imperioso de estar solo haciendo solitarios".

Lo que Andrés Trapiello añade después sobre su propia afición a los solitarios es más emocionante aun; pero me interesa quedarme en Unamuno. Los ansiosos de inmortalidad, como lo era Unamuno y lo soy yo, odiamos los pasatiempos. Nos aplicamos la ley de Javier Almuzara: "Todo lo que no sea ganar la eternidad es perder el tiempo". Estando solo, los solitarios son una redundancia. Igual que nadie da lo que no tiene, ninguno tiene necesidad de hacer lo que le sobra.

Con la familia, sin embargo, basta la presencia y la figura para estar haciendo algo profundamente trascendente, que es estar. Los solitarios de Unamuno subrayaban esa esencialidad del vivir reunidos, que no necesita más para ser un sacramental surtiendo efectos por sí mismo. Sin los solitarios, la intensa excepcionalidad del encuentro no hubiese dejado aflorar lo más añorado: la neta virtualidad de la vida juntos.

Como lo de los metros cuadrados y la densidad demográfica del veraneo quizá no tenga remedio hasta septiembre y eso con suerte, una clara conciencia de la importancia del apiñamiento familiar, como sugieren los solitarios de Unamuno, puede echarnos una mano.

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