Soberbia humildad

A nadie como al vanidoso le escuece ser vanidoso, por pura vanidad. La humildad hay que traerla de casa

Lo mejor de la humildad no son sus causas, tan humildes, sino sus consecuencias, que son la pera. Cuánta alegría produce la humildad, aunque sólo sea por suspicacia cesante, pero, sobre todo, por la claridad que deja en la mirada.

Los constantes micromachismos de los que se quejan algunas feministas yo los entiendo a la perfección porque soy un experto práctico en padecer microhumillaciones, que para el vanidoso son incesantes. La realidad se especializa en ir dando pellizquitos de monja al ideal y, más que ninguno, a ese ideal inflado e hinchado como los mofletes de un bebé que es el de la imagen de uno mismo. Con el añadido de que el vanidoso ofendido se ofende el triple, porque además del pellizquito, está la sensación irremediable y perspicaz del propio ridículo y la constatación, encima, de que todo es vanidad de vanidades. A nadie como al vanidoso le escuece ser vanidoso, por pura vanidad. Y en esas redundancias de círculos viciosos es en las que está encerrado. Supongo que con los micromachismos sucederá igual, aunque no me meto. Con las microhumillaciones lo mejor sería no verlas. Dejarse el microscopio en casa.

El vanidoso es el que mejor comprende la maravilla que es la humildad, vacuna perfecta e indolora de sus microsoponcios y sus microlamentaciones. Él sabe (yo sé) que la humildad es soberbia, pero está (estoy) atrapado en el laberinto de su paradoja: no se puede ser humilde gracias al lujo de tener la inteligencia de entender como nadie que todos son ventajas en la humildad. Eso al final envanece. La humildad hay que traerla puesta de casa, mirándose muy fijamente en el espejo, no ponérsela para el escaparate, que es el colmo de la contradicción.

Como tantas cosas, la humildad no puede quererse por sí misma. La amistad es igual: no puede quererse ser amigo de nadie, sino que hay que dejar que la amistad surja de la afinidad, de la confluencia, del trato y de la entrega. Con la felicidad pasa lo propio: está muy bien ser feliz, pero empeñarse en serlo a toda costa es una de las cosas más tristes del mundo, y acaba fatal.

Las consecuencias de la humildad serán muy buenas, pero sus raíces no tanto, aunque son lo radicalmente importante. Ya lo dijo Santa Teresa, que la humildad es andar en verdad, o sea, saber que para la humildad propia hay, ay, ay, razón. Las microhumillaciones son microrrevelaciones macromerecidas. Encima, hay que dar las gracias.

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