Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Septiembre, ¡circulen!

SEPTIEMBRE: el de la vuelta al cole, el de la depresión posvacacional, el de los buenos propósitos alimenticios y de forma física; tiempo de idiomas, fascículos y coches en miniatura; el mes del vértigo en la cuenta corriente -en dura pugna con febrero-, el de la eclosión de los divorcios, el del amor estival que, a la vuelta, apenas moja la almohada dos noches tristonas. Pero septiembre -él tampoco- es lo que era, quién sabe si lo volverá a ser. La normalidad es cosa del pasado, o lo es aquella normalidad con esos síntomas clásicos, propios de la transición de las bermudas y la molicie al pantalón o la falda de batalla y su correspondiente madrugón. La "nueva normalidad" es un melón por calar, y seguro que apepinado; un ser mutante, un adolescente descarriado que no sabemos si podremos meter en vereda. La caída de la demanda por el confinamiento condenó a muchos negocios de este país tan terciario -comercio y turismo como primeras víctimas de la leal, y débil, infantería- al cierre, y en el mejor de los casos a la patada a seguir de los ERTE. En ese momento, hace pocos meses, se estaba obrando un cambio paralelo de la oferta que ya bien pudiera ser "estructural", o sea, permanente: los horarios y procesos de los establecimientos de hostelería han metamorfoseado, aunque la terquedad de la costumbre ha hecho que los bares, chiringuitos, veladores y salas de restaurante hayan sido un reducto de resistencia, que hayamos respetado lo justo las distancias (qué cortos son de pronto 2 metros), y que los españoles hayamos estado a la altura de nuestros gobernantes en el control de la pandemia: bajo nivel. ¿Qué usted no? Sombrerazo para usted, oiga. Se lo aceptamos, pero sondéese con honestidad: nada hay más moldeable que una conciencia humana. El resultado es que la pandemia no estaba noqueada para agosto. Que hay un asunto grave con el sistema educativo infantil y juvenil -auténtica arma y alma de futuro-, que cada colegio e instituto estará en la cuerda floja cada vez que haya un contagio. Lo mismo cabe decir con los centros de trabajo: al menor caso, todos a casa... o cerrojazo. Mientras, la paciencia de algunos no nos da para más, y cada vez que se te acerca alguien -un ocioso que no para de ver su canal y leer su prensa, un herrero, una empresaria de modas- se te acerca a pontificar sobre la pandemia y la confabulación chinoescandinava o marcianomasónica, contándote como los Chichos "su verdad", te vienen unas ganas cada vez más irreprimibles de soltarle un emeritazo: ¿por qué no te callas?

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