En tránsito

Semana Santa

Lo que se celebra en la Semana Santa es el ansia de hallar una explicación al misterio de la vida y la muerte

Hace 35.000 años, en una cueva del sur de Francia, un hombre se ponía una cabeza de ciervo y se pintaba el cuerpo con pintura roja y se ponía a bailar y a cantar. ¿Para qué lo hacía? Nunca lo sabremos, pero podemos imaginar que estaba escenificando un ritual chamánico y que lo hacía para comunicarse con el espíritu de los animales y quizá también con el espíritu de los muertos. En cualquier caso, ese hombre de hace 35.000 años tenía ya una idea bastante precisa de que existía el mundo de los espíritus. Cuando enterraban a alguien en una tumba, los contemporáneos del hombre con la cabeza de ciervo colocaban conchas marinas y flores rojas y huesos de animales tallados para que esos objetos acompañaran al muerto en su larga travesía al más allá. ¿Cómo era ese más allá para nuestros antepasados del Paleolítico? Eso nunca lo sabremos.

Ahora que empieza la Semana Santa me acuerdo de aquel chamán de la cueva de Chauvet. De todas las tradiciones que han pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana, la Semana Santa es la única que enlaza con el espíritu de aquel hombre -o quizá mujer- que bailaba para comunicarse con los espíritus y para intentar encontrar una vía de acceso al mundo de lo invisible. Por supuesto que en el caso de la Semana Santa todo se mueve en torno a los mitos cristianos de la Pasión y la resurrección de Cristo, pero en el fondo se trata de la misma cosa. Al margen de la estética barroca, al margen de los rituales cofrades, al margen de las aglomeraciones turísticas -esas cosas que nos pueden gustar más o menos-, lo que se celebra en la Semana Santa es lo mismo que hacía bailar a aquel hombre con la cabeza de ciervo: es el deseo de encontrar una vía de acceso al más allá, es la necesidad de comunicarnos con lo que no hemos visto nunca, es el ansia de hallar una explicación al misterio insoluble de la vida y la muerte.

A mucha gente, aquel chamán del Paleolítico le puede parecer un salvaje ignorante que no sabía nada de nada, aparte de las verdades elementales del sexo y la caza y la tribu y la muerte. Puede ser. Pero él quería salir de sí mismo y deseaba llegar a otro mundo invisible donde fuese posible todo lo que en este mundo no era posible. En la Semana Santa, en esos raros momentos en que todo parece detenerse y una especie de éxtasis se apodera de nosotros, cualquiera puede volver a ser ese chamán que bailaba en una cueva.

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